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EDWARD LIMONOV

Zajar Prilepin comenta el Limónov de Carrère

Zajar Prilepin comenta el Limónov de Carrère - ed. oriente y mediterráneo

Emmanuel Carrère ha escrito un libro muy incisivo y, en su conjunto, atractivo. 

La parte más interesante : la propia voz de Carrère, sus observaciones personales al margen de Limónov.
De ahí que la Introducción, es decir, las primeras 30 páginas, sean las más interesantes.

A partir de ahí, pasa a exponer, casi al pie de la letra, los libros del propio Limónov (al principio con todo detalle, y luego de forma cada vez más precipitada), lo que a los lectores de Limónov resultará, evidentemente, un tanto pesado.

Carrère insiste en llamar a su libro “novela”, pese a que, por su forma, se trata de una biografía en toda regla: en él no hay nada que recuerde a una novela.

 No es difícil comprender por qué lo hace Carrère, pues, al componer su libro no hace ninguna distinción entre el protagonista lírico de los libros de ficción del escritor Limónov y el hombre concreto llamado Edward Savenko.

Sin cuestionarse nada, Carrère rellena su relato con episodios de las novelas de Limónov, haciéndolos pasar, de una u otra manera, por acontecimientos reales. 

Para no cargar con la responsabilidad, es preciso llamar al libro “novela” y asunto resuelto. […]

Carrère habría podido entrevistar a los amigos franceses de Limónov y describir, al menos, su época parisina comparando la prosa de ficción con la realidad.

¡En París, decenas, por no decir cientos, de personas recuerdan perfecyamente a Limónov y a Natalia Medvedeva, su compañera de entonces!

 ¿Por qué haber dejado pasar tal oportunidad de trabajar mínimamente con las fuentes originales?

 No obstante, la principal objeción no es esa.

 Carrère ha optado por la facilidad, exponiendo a su manera los temas más llamativos de los libros verdaderamente sugerentes de Limónov.

 Hay que admitir que el ensordecedor éxito de su libro está relacionado, precisamente, con el hecho de haber escrito un libro ligero e incluso, no me asusta la expresión, sin rigor.

 Hay algo más que me desconsuela: la superficialidad de muchas de las representaciones de Carrère sobre Rusia. 

El pobre Carrère especifica trescientas veces en su libro, especialmente para su lector europeo, que Limónov es un “vil fascista”, y después de eso, otras trescientas veces, con la más absoluta sinceridad, trata de explicar que a pesar de su “vil fascismo”, Limónov es un buen hombre:  compasivo, honesto y valiente. 

Otro ejemplo extraído del libro:


Carrère cuenta que enseñó una fotografía (de un grupo de Natsbols con Limónov en Asia Central) a uno de sus amigos. Precisemos que se trataba de ese período heróico, a mediados de la década de 1990, en que Limónov con un grupo de sus camaradas se había instalado en las aldeas cosacas, un poco como Razine y Pougatchev [jefes cosacos que durante los siglos XVII y XVIII se habían puesto al frente de las insurrecciones campesinas]. Una aventura apasionante que les supuso serios problemas con los servicios especiales. Al contemplar la fotografía de los Natsbol desnudos hasta la cintura, en pleno verano, el amigo de Carrère exclama: “¡Una banda de maricones, que se han largado lejos de Moscú para darse por culo y que nadie les vea!”

Al relatar este episodio en su libro, Carrère no se muestra demasiado de acuerdo con su amigo, pero añade: “Y, sin embargo, ¿quién sabe?” 

Emmanuel, pouah ! 

Usted ha pasado bastantes días con los representantes de un partido del que trescientos miembros han pasado por la cárcel, seis al menos han muerto en circunstancias trágicas, un millar ha sido arrestado alguna vez y cientos han sufrido tortura o palizas y usted escribe semejante bajeza.

Su amigo es o un bromista sin gracia o un imbécil, entonces, ¿por qué citarle?

La sorpresa más dolorosa  me esperaba al final de la obra, cuando Carrère explica con aplomo que Putin y Limónov son prácticamente lo mismo.

La base para tal conclusión es sorprendentemente simple: Putin había afirmado que solo un cabrón podía no lamentar el hundimiento de la URSS. ¡Y Limónov lamenta la muerte de la URSS! ¿Lo ve usted? ¡Todo encaja! 

¡Ah, sí! Putin, como Limónov, posó una vez en una fotografía en porreta y con un cuchillo. Para un europeo sensato, que condena toda clase de violencia (eso es al menos lo que a él le gusta pensar de sí mismo), se trata de un espectáculo detestable.

¡Eso es todo!

¿Comprenden ustedes?

Para el más inteligente, más sutil y más informado de los europeos preocupados por Rusia, cualquier opinión nuestra sobre el tema del hundimiento del país es un diagnóstico unívoco. Es más, un diagnóstico aterrador, definitivo.

El hecho de que Putin, que tanto se parece a Limónov, posea, según diversas fuentes, un patrimonio de cuarenta mil  millones de dólares, y Limónov nada de nada, no es más que un detalle sin importancia

Que Putin, a comienzos de la década de 1990 haya abandonado los servicios secretos, traicionando su juramento, para  conchabarse con el alcalde de San Petersburgo, Sobtchak, mientras Limónov, por el contrario, tratara porfiadamente de impedir el hundimiento del país durante el sangriento “Golpe de Estado” de Yeltsin de octubre de 1993, participando en cientos de mítines o en Transnitria, no es más que un simple detalle.

Que, en definitiva, Limónov sea un hombre de cultura humanista y un gran escritor, mientras que Putin, en muchos sentidos, sea su polo opuesto, tampoco importa. 

Lo esencial es que ambos añoran la URSS

…Sin embargo, pensándolo bien, ¿qué es lo que podía esperar de Carrère?

 ¿Acaso ha sido él quien ha decretado que el hundimiento de la URSS era una gran bendición, que la historia soviética fue una marea de crueldades y de porquerías sin fin, que el intento de plantearse los acontecimientos de Yugoslavia de forma diferente a la comunidad occidental era un primer paso hacia el fascismo y que Putin era un teniente diplomado en la KGB, el restaurador del Imperio y un peligroso militarista entronado?

Me pregunto si ha sido él.

Pero entre nosotros, todos nuestros maravillosos tribunos liberales (los nuestros, los hermanos, los que enseñan al pueblo desde hace lustros la actitud correcta con respecto a nosotros mismos y al país) piensan lo mismo.

                                                              ZAJAR PRILEPIN

[traducido a partir de la versión francesa publicada en http://www.tout-sur-limonov.fr/222318798]

HISTORIA DE UN GRANUJA

HISTORIA DE UN GRANUJA - ed. oriente y mediterráneo

Los judíos en la URSS, las instituciones psiquiátricas, la juventud, las vanguardias artísticas, la mafia, el aparato del PCUS... desfilan por esta novela que nos presenta una visión insólita de la Unión Soviética durante los años que siguieron a la destitución de Jruschov.

En su peculiar estilo desenfadado, ácido e irónico —como en su anterior entrega, Historia de un servidor, sobre su etapa neoyorquina—, Edward Limónov nos relata el proceso de transformación que condujo al joven proletario Edward Savenko desde el taller de fundición de la fábrica La hoz y el martillo hasta la alcoba de Anna Rubinshtein, su particular Madame Récamier, a cuyo lado se convirtió en el poeta Limónov, pasando a engrosar la variopinta patulea de parásitos que componían la bohemia de Járkov en la Ucrania soviética.

1


«Pío-pío-pío». Tres veces silba el pájaro. El joven Limónov suspira y abre los ojos a regañadientes. El sol, de un color amarillento como el de la margarina derretida, penetra a través de la ventana que da a la plaza Tevélev e inunda la estrecha habitación. Como todas las mañanas, los murales de sus amigos pintores que cubren las paredes alegran su ánimo. Se tranquiliza y vuelve a cerrar los ojos.

«Pío-pío-pío». Vuelve a oírse el silbido del pájaro seguido de un contenido y malhumorado «iEd!». El joven aparta la manta, se alza, abre la ventana y mira hacia abajo. Bajo la ventana, junto al seto que rodea el parquecillo, está su amigo Guénochka el Magnífico mirando hacia arriba y vestido con un traje azul. «¿Todavia estás durmiendo, hijo de puta? iBaja!» Detrás del Magnífico, sentados en la hierba, un grupo de gitanos está desayunando sandía con pan, con sus pintorescas pañoletas extendidas en el suelo a manera de manteles. «iBaja, hombre, mira qué buen día hace!» añade, sumándose a Guénochka, una gitana joven que hace señas con la mano al muchacho de la ventana indicándole que baje.

El joven les pide que se callen colocándose el dedo índice sobre los labios, señala con un gesto las ventanas vecinas, se inclina y murmura: «iYa voy!» Cierra la ventana, se acerca con cuidado a la puerta de doble hoja que da a la habitación contigua y escucha... Le llega como un frufrú y unos cuantos suspiros acompañados del olor a tabaco que se escapa por debajo de la puerta. Seguro que su suegra está en su habitual pose matinal: sentada frente al espejo con sus blancos cabellos sueltos sobre los hombros y fumándose un cigarrillo. Parece que Tsilia Yákovlevna no ha oído las pocas palabras intercambiadas entre su yerno y su peor enemigo, Guenadi el Magnífico, por lo que el joven sabe que ahora tiene que actuar con rapidez y resolución.

De la parte baja de la librería transformada en armario el joven saca un traje de color cacao a rayas doradas del que se siente orgulloso y se viste a toda prisa. Junto a la cabecera de la cama hay una mesa sobre la que se encuentran desparramados lápices, bolígrafos, papeles, una botella de vino a medio terminar y un cuaderno abierto. El joven mira con pena la poesía inacabada, cierra el cuaderno, levanta la tapa de la mesa, saca de su interior unos cuantos billetes de cinco rublos, mete el cuaderno y vuelve a cerrar la tapa. La poesía puede esperar hasta la tarde. Con los zapatos en la mano abre con sumo cuidado la puerta del pasillo. A tientas, sin encender la luz, pasa junto a la puerta de Anísimova y, todavía con más cuidado, mete la llave en la cerradura de la puerta que lo llevará fuera, a la libertad...

—Edward, ¿adónde va usted?

A pesar de todas las precauciones Tsilia Yákovlevna ha oído el sonido de la llave, o simplemente ha intuido la escapada de su yerno, ha salido de su habitación, ha encendido la luz y ha adoptado su pose habitual número dos: una mano en la cadera y la otra con un cigarrillo humeando cerca de la boca. Su blanca y abundante melena está suelta y le llega hasta la cintura. Con su rostro de acusados rasgos hecho una furia se vuelve hacia el inútil de su yerno, ese yerno ruso casado con su hija menor:


—¿Otra vez ha quedado usted con Guena? Lo sé, no me lo niegue. No olvide usted que ha prometido terminar los pantalones de Tsintsíper y si queda con Guena ya no hará nada en todo el día...

Tsilia Yákovlevna Rubinshtein es una mujer educada y le resulta violento decir al joven ruso con quien vive su hija que si se va con Guena terminará otra vez borracho como una cuba y que lo más probable es que, como sucedió la última vez, sus amigos tengan que traerlo a cuestas hasta casa.

—¡Qué va, Tsilia Yákovlevna! Voy por los hilos... Enseguida vuelvo... —miente el poeta de pelo corto y cara redonda mientras deja los zapatos en el suelo, introduce los pies y sale a escape por la puerta del largo corredor cuyos lados están ocupados por mesas de cocina y fogones eléctricos o de queroseno. Aparte, separado por un tabique, hay un cuarto con cocina y baño, privilegio exclusivo de tres familias; para los restantes inquilinos del viejo edificio número 19 de la plaza Tevélev, el corredor sirve de cocina, y el baño es común. Tras bordear las hileras de mesas y respirar una docena de olores de futuros almuerzos, el poeta llega al otro extremo del corredor y salta de tres en tres los peldaños de la escalera que lo conduce a la calle.

—iNo se olvide de Tsintsíper! —llega hasta él el último grito desesperado de Tsilia Yákovlevna. El poeta se sonríe. iVaya un nombrecito! iTsin-tsí-per! iEl diablo sabrá de dónde viene ese nombre! iDos «tsi» seguidos y, para colmo, ese indecente* «per»!  [• N.T. Per, de perdet, pedorrear.]

Guénochka, con una maleta en la mano, está esperando al poeta en la calle Bursatski.


—¿Cuánto dinero llevas? —pregunta el Magnífico a guisa de saludo.

—Quince.

—Date prisa o, si no, perderé la vez.

Guenadi y el poeta bajan apresuradamente por la calle Bursatski y al llegar a la primera esquina tuercen a la izquierda en dirección a la casa de empeño.

Pesadas sombras azules cubren la calle. El sol parece pintado en el cielo con espesa pintura amarilla al óleo. Se puede percibir el mes de agosto en Járkov sin levantar los ojos del asfalto.
Unas cuantas decenas de metros antes de llegar al macizo edificio que parece una fortaleza, un penetrante olor a naftalina envuelve a los dos amigos. Desde hace cien años el olor a naftalina ha ido impregnando todos los edificios de alrededor, y da la impresión de que hasta las viejas y blancas acacias de este tramo de la calle huelen también a naftalina. Los dos amigos suben apresuradamente los desgastados peldaños de la escalera y entran en la gran sala de elevados techos, fría como el interior de un templo. Se abren paso entre los viejecitos y se colocan en una de las filas formadas frente a las ventanillas enrejadas. Los ancianos miran sorprendidos a los jóvenes. No debe de ser muy corriente ver a gente joven en la casa de empeño de Járkov. Sin embargo, el joven poeta ya ha estado en ella con Guénochka unas diez veces.

—¿Qué traes? —pregunta el poeta a su amigo.

—Los impermeables de nailon de mis padres, un traje de mi padre y dos relojes de oro —responde Guénochka sonriendo. Una sonrisa muy particular: seca y feroz a la vez.

—i Menuda bronca le espera, Guenadi Serguéievich!

—Ése no es asunto suyo, Edward Veniamínovich —contesta Guénochka, pero acto seguido reflexiona y considera que su amigo no se merece una respuesta tan seca—. Se han ido de veraneo todo el mes y no me han dejado más que doscientos rublos. Ya les advertí que no me llegaría; cuando vuelvan tendrán que pagar la injusticia cometida con su único hijo.

Guénochka empeña con frecuencia sus propias cosas o las de sus padres. Esta manera de conseguir dinero la había descubierto antes de conocer al poeta Edward. Cada vez que Guénochka empeña algo, su padre lo desempeña. Serguéi Serguéievich Goncharenko quiere mucho a su bien parecido, esbelto y apuesto hijo de ojos azules, pero le preocupa su indiferencia hacia cualquier tipo de actividades que no sean la búsqueda de aventuras o sus correrías por bares y restaurantes, y más ahora que Guenadi ya tiene veintidós años. Lo quiere tanto que siempre lo perdona cuando empeña algo o, incluso, cuando hace travesuras peores como, por ejemplo, su fracasado matrimonio. Es el papá, y no Guénochka, quien paga la pensión alimenticia a la ex mujer y a su nieto, el hijo de Guenadi. El papá Serguéi Serguéievich es el director del restaurante Kristal, el más importante de Járkov, así como del complejo hotelero y comercial que lleva el mismo nombre.
Sin molestarse ni siquiera en sacar las cosas de la maleta, Guénochka la mete por debajo de los barrotes y taconea impaciente sobre las baldosas del suelo. Como en la casa de empeño conocen de sobra a Goncharenko hijo, la transacción no lleva mucho tiempo y, a los diez minutos, los dos amigos están ya en la calle envueltos por el olor a acacias y naftalina. Guena, satisfecho, guarda en su billetera de cuero negro los sesenta rublos que le han pagado y el recibo, aunque este último movimiento lo hace acompañado de un gesto de repugnancia.

—Bueno, ¿adónde vamos?

2




Saltan la tapia de piedra que separa el parque público Tarás Grigórievich Shevchenko del parque zoológico de Járkov, En realidad, podían haber comprado las entradas, que no cuestan más que un rublo y veinte céntimos, pero para ellos era un asunto de honor entrar gratis en un territorio que consideraban suyo. El parque zoológico es el lugar donde suelen quedar para pasar el rato Ed, Guenka y los restantes «SS», un grupo desmandado de jóvenes, más o menos de la misma edad,
 reunido en torno a Guénochka el Magnífico: el pintor Vagrich Bajchanián, Poi Schemiétov, alias el Francés, Viktorushka, alias Fritz, y Fima, alias Sóbak. Cada uno de los miembros «SS» se distingue por algo singular. El grupo «SS» no puede, en ningún caso, ser considerado como una pandilla corriente de jóvenes.

En Járkov el sol de agosto es sofocante, pero los jóvenes van de traje, siguiendo el estilo dandi introducido por Guenadi, imitado con entusiasmo por Ed, el poeta, desde que dejó su trabajo de obrero en una fundición. Como de costumbre, saltan por encima de la tapia, cuyo borde superior está cubierto con erizados trozos de vidrio, y aterrizan en medio de la jungla del parque zoológico, entre malas hierbas, bardanas, avellanos y toda la exuberante vegetación propia del mes de agosto; bajan por uno de los senderos que solo ellos conocen, pasan junto al viejo roble que crece al fondo del barranco y remontan por la otra vertiente, ya cerca del merendero. Sus viejos muros, antaño pintados de rojo pero desteñidos con el paso del tiempo hasta quedarse de un color pardo amarillento, se alzan frente a ellos ofreciéndoles su hospitalidad. Llevan los zapatos totalmente cubiertos del polen de las ucranias hierbas polvorientas que durante el mes de agosto se dedican a fecundar penosamente las poco delicadas hierbas del sexo opuesto. Guenadi ha traído un paquete con unas cuantas botellas de vodca: en el merendero está prohibido vender bebidas alcohólicas. Ed camina detrás enjugándose el sudor con un pañuelo. Las nubes de mosquitos se abaten sobre sus presas tratando de extraerles el máximo de sangre. Guena y Ed rechazan sus ataques moviendo enérgicamente los cigarrillos encendidos. Bañados en sudor pero imperturbables, llegan arriba y siguen caminando por el estrecho sendero bordeado de flores que conduce hasta el merendero. A manera de bienvenida, desde la otra punta del zoológico les llega el rugido de un tigre.

—Julebars —afirma el poeta.

—Sultán —replica Guenka.

Doña Dusia está sola en la terraza colocando las sillas. Es una mujer fuerte de rasgos ordinarios pero hermosos. Aunque no tiene nada más que treinta años, todos la llaman doña Dusia.

—iMira quién viene por aquí! ¡Guenka! —exclama sonriendo.

¿Cómo no va a estar contenta? Guenka siempre le deja buenas propinas. Ed está convencido de que gana más con las propinas de Guenka que en una semana sirviendo tortillas a la francesa, salchichas con guisantes y pollo de Kíevo Tabaká a los visitantes del zoo.


—Dusia, ¿querría poner esto en la nevera, por favor? —Guenka habla como su padre, antiguo coronel del KGB. trata a todo el mundo de usted y no blasfema nunca, a diferencia de los restantes amigotes de Ed, que no paran nunca de soltar tacos.

—Dusia, ¿conoce usted ya a Edward Limónov?

—Guenadi mira a Ed con ironía.

—Tu amigo ha estado aquí ya varias veces, Guénochka...

—Sí, pero ahora ha cambiado de nombre. Recuerde: Edward Limónov...

El poeta no había cambiado de nombre, pero un día los «SS» y algunos otros —reunidos en la habitación de Anna y Ed— habían estado figurándose que eran poetas y pintores simbolistas que vivían en Járkov a comienzos de siglo, y Vagrich Bajchanián había propuesto que todos se inventasen un nombre. Lionka Ivanov se hacía llamar Odeiálov, y Mélejov, Bujankin. En cuanto a Ed, Bajchanián propuso llamarlo Limónov. Al día siguiente Bajchanián lo presentó a uno de sus amigos llamándolo Limónov. A Guenka le gustó el nuevo nombre de Ed, y la mayoría de los decadentes que frecuentaban el Automat comenzaron a llamarlo Limónov. Además, sin que supiera muy bien explicarse por qué, su nuevo nombre le agradaba. Su verdadero apellido, Sávenko, un apellido ucranio muy corriente, siempre lo había agobiado.

Los dos amigos se instalan en la terraza de forma que pueden contemplar los patos y los cisnes que nadan en el estanque. El merendero es seguramente el restaurante más pintoresco de Járkov, y por esta razón Guenka lo había elegido como su cuartel general. Del estanque les llega un ligero olor a moho. Dos jardineros arrastran indolentemente una manguera y, con la misma indolencia, se ponen a regar las pesadas flores.

—Bueno, ¿qué vamos a tomar con el vodca, camarada Limónov? —pregunta Guenka y acto seguido se quita la chaqueta, la coloca en el respaldo de la silla, se arremanga la impecable camisa blanca y afloja el nudo de la corbata.

—¿Pollo? —el poeta duda, como dejando la decisión a Guenadi, más experimentado que él en estas lides mundanas.

—Dusia, ¿qué tiene hoy para comer? —pregunta Guenadi a doña Dusia, que acaba de hacer su aparición en la terraza.

—Pero, Guénochka... Es muy temprano todavía... —Dusia frunce el ceño—. Si ni siquiera ha llegado aún el cocinero, ¿no ve que no abrimos hasta las doce? Ahora podría servirles algo ligero o, si quieren, huevos fritos con salchichón. Cuando llegue el cocinero puede hacerles croquetas de Kíev   —de repente un pavo real lanza un largo y desesperado grito que alerta a todo el zoológico: de todas partes le responden gritos, bramidos y aullidos.

—Bueno, Ed, ¿tomamos unos huevos fritos con salchichón?

—Vale.

—Dusia, prepárenos entonces unos huevos con salchichón. Seis huevos para cada uno. Con tocino, como a mí me gustan, y también ensalada con tomate y pepino...

—¿Quieren también pepinillos?

—SÍ, Dusia, ponlos también, y un par de botellas de gaseosa fresca.

—¿Les pongo el vodca en una jarra? —Dusia consulta con la mirada a Guenadi.

—No, gracias. Se calentará. Pónganos una copa a cada uno y vuelva a dejar la botella en la nevera, por favor.

—Maravilloso, ¿eh, Ed?

Guena mira hacia el estanque satisfecho. Tras el estanque se divisa la pajarera con los pavos reales. Más lejos se distingue la mancha oscura de un elefante. Una ráfaga repentina de aire trae un olor nauseabundo y almizclado a estiércol y animales salvajes.

—iMaravilloso!

El hermoso rostro de Guénochka expresa una tranquila admiración. Esto es precisamente lo que le pide a la vida: un bello paisaje, vodca bien frío y poder charlar con un amigo. Para Guenadi hasta las mujeres quedan en un segundo plano. Hace ya un año que en su vida apareció la bella Nonna, a quien Guenka quiere con locura, pero ni siquiera ella ha podido apartarlo de las juergas en compañía de sus colegas del grupo «SS», de las salidas al restaurante Monte-Carlo, de deambular por las calles en compañía de su amigo Ed y del placer de dejar pasar el tiempo sin hacer nada. Ed mira plácidamente a su extraño amigo. Da la impresión de que Guenka no tiene ambiciones. Más de una vez había dicho que no quería ser ni poeta, como Motrich o Ed, ni pintor, como Bajchanián. «iPinten cuadros, escriban poemas, que yo me alegraré de sus éxitos!» —decía riendo—. Tsilia Yákovlevna consideraba que Guenadi Goncharenko era una mala compañía para Ed, ya que lo incitaba a emborracharse y a apartarse de Anna, pero todo eso no eran más que celos. Aunque también es cierto que, de vez en cuando, Ed se gasta en borracheras todo el dinero que gana confeccionando pantalones, pero también hay que comprender que no puede pasarse toda la vida bebiendo a costa de Guenka. En todo caso, los miserables billetes de diez o veinte rublos que puede gastarse no son nada al lado de las sumas derrochadas por Guenka. Además, la expresión «gastarse en borracheras» no concuerda con el estilo de Guenadi el Magnífico. La última vez que se fueron de fiesta al Monte-Carlo, un pequeño restaurante de Pesóchina frecuentado por la nomenclatura y los agentes del KGB de Járkov, Guenka alquiló tres taxis: en el primero iba él solo, en el segundo, Ed, también solo, y el tercero venía detrás, vacío, sólo para causar efecto y cerrar el cortejo. En el Monte-Carlo, donde Serguéi Serguéievich era uno de los clientes más habituales, Guenka disfrutaba del mismo rango que su padre; el personal lo conocía y mantenía siempre a su disposición un reservado. Antes de conocer a Guenka, Ed conocía la existencia de los reservados sólo por los libros. En el Monte-Carlo los pollos se pasean bajo las ventanas, usted señala el que más le gusta y se lo preparan como usted diga. La paradoja del Monte-Carlo es que en la sala grande almuerzan los camioneros. Justo al lado pasa una importante autopista. Mientras tanto, en los reservados se disfruta de la buena vida...

Doña Dusia les trae zakuska, vodca, gaseosa y una sartén para cada uno con los huevos fritos todavía chisporroteantes. Guenka mira la mesa satisfecho. Con una mano levanta la copa de vodca, mientras con la otra sostiene un vaso de gaseosa:

—¡Bueno, Ed, bebamos por este maravilloso día de agosto y por los animales de nuestro parque zoológico preferido!
—¡Bebamos! —replica Ed, y ambos beben a la par, acto seguido echan un trago de gaseosa, atacan los pepinillos y, quemándose, comienzan a engullir los huevos fritos...

—¿Así que, Ed, Tsilia Yákovlevna te echó ayer la bronca? —Guenka olvida por un momento los huevos y enciende un cigarrillo.

—iTe juro que no me acuerdo ni hostia! —responde riéndose el poeta—. Recuerdo que me bajaste del taxi y me dejaste en el portal, y que agarré el pomo de la puerta, pero ya no me acuerdo de nada más ... ¿Qué hora era? ¿Las dos de la mañana?

—¡Qué dices, las dos! ¡Como mucho, la una! Te viniste abajo muy temprano. Nosotros nos fuimos después con Fima al aeropuerto a terminar la fiesta...

—Nada de eso, no me vine abajo —contesta resentido el poeta—. La noche anterior casi no había dormido, había estado escribiendo hasta que amaneció. Y una noche sin dormir te deja baldado. iTú también vomitaste ayer!

—Bueno, sí, vomito muy a menudo —replica Guenka tranquilamente—. En eso sigo el ejemplo de los romanos, que cuando celebraban sus orgías se provocaban ellos mismos los vómitos para poder seguir comiendo y bebiendo.

—Esta mañana Tsilia Yákovlevna me ha pillado en la puerta y me ha preguntado: «¿A dónde va usted, Edward?»

—¿Y qué le ha contestado usted, Edward Veniamínovich?

—«Bajo un momento a la tienda, Tsilia Yákovlevna, a comprar hilos». Iba con los zapatos en la mano, quería escabullirme sin hacer ruido.

—¡Conque Limónov se ha ido a comprar hilos! —se ríe Guenka.

—Tsilia no me ha creído, claro está. Pero como es una mujer educada, tampoco ha osado preguntar a su yerno ruso: «¿y por qué lleva entonces usted los zapatos en la mano, so borracho, si salir a comprar hilos no tiene nada de malo?»

—Le avergüenza pillarte en una mentira. Lo que es la buena educación. Una suegra rusa habría empezado a dar gritos y te habría arrancado las mangas de la camisa a fuerza de tirar para no dejarte salir. Tienes suerte de convivir con una familia judía... ¿y Arma?

—Ayer estaba durmiendo. Recuerdo que roncaba. Lo único que dijo entreabriendo los ojos fue: «¡Otra vez te has emborrachado con Guenka! ¡Maldito alcohólico!» y volvió a dormirse. Esta mañana, cuando se ha ido, yo estaba todavía durmiendo.

—Hay que hacer un regalo a Anna —Guenka arruga un poco la frente—. O, mejor todavía, vamos al quiosco a las seis a buscarla y pasamos la tarde todos juntos en el Liux.

—Bueno —concede Limónov de mala gana.

—Dusia, por favor, sírvanos otra copa —ordena Guenka y añade dirigiéndose a Limónov—. Mira Ed, ya llegan los primeros representantes del rebaño de corderos después de haber realizado su ronda matinal por el parque.

Una familia se dirige hacia el merendero. Los dos niños, de unos diez años, llevan a pesar del calor unos pantalones de lana de color azul oscuro que arrastran por el suelo recogiendo polvo. La madre, que parece una mujer demasiado mayor para tener hijos de esa edad, va, por el contrario, con un vestido corto y estrecho que ciñe exageradamente su cuerpo obeso. Se nota que el padre es un obrero. Va vestido con unos pantalones negros y una camisa amarilla, calza unas sandalias sin calcetines y lleva una bolsa de red con algo envuelto entre periódicos rotos y mojados. Los sombríos niños son los primeros en aparecer. Tras ellos viene la madre. El padre emprende la subida cuando los demás han llegado ya a la terraza. Al verlos acercarse, Guenka se incorpora, se ajusta el nudo de la corbata y adopta un aire oficial:

—¡Camaradas, camaradas ... la entrada está prohibida! ¡El restaurante está cerrado al público! ¡Hoy celebran aquí su congreso los domadores de tigres de Bengala y solo se puede entrar con invitación!
La familia se aleja resignadamente y sin decir palabra. Ed siente compasión por el dócil rebaño de corderos:

—¿Por qué les has dicho eso? Se habrían bebido su gaseosa, habrían comido sus bocadillos y se habrían largado.

—Ya, pero son muy ruidosos. ¿Te has fijado en los niños? Eran como dos viejecitos. Imagínatelos comiendo.

—No vas a echar a todos los que vengan...

—Dusia, tenga la gentileza de poner en todas las mesas de nuestro lado carteles de «Reservado».

—¡Pero, Guénochka, nosotros no tenemos esos carteles! —se lamenta Dusia. Un grillo verde salta desde sus pies y se posa en una de las mesas—. Carteles... en un sitio como este. Si no hay ni servicios, y los clientes tienen que ir al barranco...

—En ese caso, escriba usted misma en un papel «Reservado» y ponga varios por las mesas. Lógicamente, su trabajo será recompensado.

Dusia se va a ejecutar la orden. Su obediencia se explica no sólo por los cinco o diez rublos de propina que le va a dejar Guénochka, sino porque el merendero pertenece a la red de negocios que administra Serguéi Serguéievich, el padre de Guénochka. Bien es verdad que el padre tiene estrictamente prohibido a Guenadi aprovecharse de su posición oficial con fines personales, pero el ambicioso Guenka no suele resistirse a la tentación. De pronto Ed comprende que lo que le gusta a Guenka, su verdadera ambición, es el poder.

—Guenka, ¿por qué no entras en el Partido y te conviertes en un hombre importante, secretario del Comité Regional, por ejemplo?

—¿Estás bromeando, no? Vaya mierda. No sabes lo espantosamente aburrido que puede llegar a ser para un comunista hacer carrera. Ya tengo bastante con que mi padre se haya pasado la mitad de su vida de rodillas.

Oír a Guenka maldecir es indicio de que su aversión a hacer carrera en el partido no es fingida. En realidad, todas las ideologías lo dejan indiferente. No tiene ideas políticas. Lo único que quiere es pasárselo bien. ¿Qué se gana con desgastar los fondillos de los pantalones en las poltronas del partido? Su película preferida es Los aventureros, de Alain Delon y Lino Ventura. Ésa es la vida que le gusta a Guenka: buscar tesoros, balazos, restaurantes caros, whisky, champán, velas... Ed recuerda las pupilas dilatadas de Guenka al salir del cine. Habían ido los tres juntos, Guenka, Nonna, tan guapa como siempre, y Ed. A la salida del cine se habían ido a beber, la juerga había continuado varios días hasta que los detuvieron en la pista de despegue del aeropuerto de Járkov cuando intentaban introducirse dentro de un avión de carga. ¿Qué buscaban en el avión? Misterio. La película comenzaba con una escena en la que Alain Delon volaba por debajo del Arco de Triunfo.
Ed mira conmovido a su amigo.

[Edward Limónov. Historia de un granuja. Ediciones del oriente y del mediterráneo, 1993, p. 9-23]

HISTORIA DE UN SERVIDOR

HISTORIA DE UN SERVIDOR - ed. oriente y mediterráneo

Historia de un servidor es uno de los primeros libros de Limónov.  Fue publicado en Francia en 1981 y, diez años después, apareció la edición española. El libro narra la contradictoria vida de un poeta ruso exiliado en Nueva York que, para sobrevivir, tiene que emplearse como mayordomo en casa de un millonario.

Del tono desenfadado y provocador de su escritura da idea el fragmento que figuraba en la contracubierta:

¡Partida de cerdos! Todos sois de la misma calaña: Gatsby, Yefímenkov, Majmúdova, Volodia, Solzhenitsin, doña Margarita, Lodízhnikof, el poeta Jomski, Rockefeller, Andy Warhol, Norman Mailer y Jackie Onassis... Y todos vuestros modistos y peluqueros de lujo, vuestros vizcondes o vuestros secretarios de partido, ya vivan en el país que se autodenomina pomposamente "líder del mundo libre" o en el que, con la misma vulgaridad, afirma tener el monopolio del "porvenir radiante de la humanidad", entre todos ellos forman una mafia sólida y despiadada, la fuerza y el capital unidos al arte y al intelecto. Y nosotros, la gente sencilla, los millones y millones de ciudadanos de a pie, sufrimos las consecuencias de sus crueles ocurrencias, de los juegos de su ingenio y su imaginación, de sus ruinosos caprichos, ya que, de vez en cuando, nos arrojan a unos contra otros en una hermosa guerra. ¡"Big brothers" de mierda!

La cubierta de esta edición es obra de Víctor M. Ramos. Incluimos a continuación algunos fragmentos del libro en traducción del ruso de Víctor Luis Gómez Salvador y Marina Lysenko.
 

Capítulo 1
 
Lo encontraba maravilloso, pero mi admiración tan sólo duró dos meses. El 28 de febrero de 1979 —recuerdo perfectamente el día de mi humillación—, la limusina pasó a buscarlo a primera hora de la mañana para llevarlo al aeropuerto, pues se iba a California, y minutos antes de salir me armó una ignominiosa escena de histeria. Pataleaba, corría escaleras arriba y abajo y vociferaba una y otra vez: God damn you! God damn you! Tenía el rostro congestionado y erizados los pelos de la barba. Los ojos parecían querer salírsele de las órbitas. La verdad es que ya le había oído otras veces, desde la cocina, chillar a Linda, nuestra secretaria, pero nunca antes lo había visto en tal estado con mis propios ojos.
Yo, con la espalda apoyada en el marco de la puerta del comedor, intentaba comprender de qué se me acusaba. Había enviado a limpiar sus pantalones grises, que él mismo había dejado sobre el baúl situado junto a la puerta principal de la casa. Los pantalones estaban sucios, mezclados entre la ropa que había que llevar a la tintorería. Hay que decir que el baúl era el lugar que teníamos convenido para ese fin. Pero resulta que los pantalones grises eran, precisamente, los que él usaba para viajar en avión, así que los necesitaba. El pobrecillo no tenía más pantalones que ponerse, en los armarios tan solo colgaba un centenar de trajes...
De modo que yo permanecía junto a la puerta del comedor mientras él se precipitaba escaleras arriba y abajo, repetía a voz en cuello God damn you! God damn you! y Ask! Just ask!, tiraba las cosas por el suelo y daba unos portazos tremendos. El primer God damn you! me lo gritó a la cara desde su imponente altura —el amo era mucho más alto y corpulento que yo, su servidor—, y luego siguió lanzándome maldiciones a distancia. ¿Se alejó de mí por miedo a no poder contenerse y golpearme? No sabría decirlo.
Fue entonces cuando comencé a odiarlo. Hasta me dio miedo, pero no de que me golpeara, no. Si se hubiera atrevido a hacerlo, lo habría matado, habría encontrado la manera de hacerlo, aunque hubiese tenido que correr a la cocina a buscar el cuchillo de la carne. Lo que me asustó fue el carácter malsano de su ataque de histeria, motivado, además, por algo tan insignificante. «¡Vete al cuerno! —pensé—. Vocifera cuanto quieras. Yo sé que no he cometido ninguna falta, así que despídeme si quieres. ¡Me importa tres pitos!”. Ya me imaginaba recogiendo mis cosas. Crucé el comedor camino de la cocina y bajé al sótano, cogí un refresco, me fui al rincón más apartado, repleto de muebles viejos y juguetes rotos, me senté en una silla coja y me puse a bebérmelo.
  Vi qe me teblaban las manos, y me dio rabia. ¿Por qué narices tenía yo que dejarme afectar por la histeria de alguien que no se sabía dominar? ¿A cuento de qué? Me vi alejándome con la maleta en la mano, camino de la liberación, y esa visión me infundió ánimos y hasta me conmovió.
Arriba volvían a oírse golpes. ¿Estaría buscándome?
Pues que me busque, el muy hijo de puta. Yo no salgo de aquí hasta que se haya largado. No quiero verlo, con la cara congestionada y los ojos fuera de sus órbitas. Pero ¿por qué patalea así? ¡A que resulta que tiene los pies planos! Seguro que por eso lleva esas plantillas especiales que le pongo en los zapatos para que no le salgan ampollas. Bueno, no se las pongo yo, sino el zapatero griego; yo sólo llevo el calzado a la zapatería. Además, de vez en cuando se lo lustro. En esta casa debe de tener unos treinta o cuarenta pares de zapatos. Una de mis obligaciones es precisamente limpiarle el calzado; para eso, entre otras cosas, me paga. Cuando está aquí, en Nueva York, también preparo el desayuno y el almuerzo. Para él y sus malditos businessmen. Mientras comen, siguen consultando sus papeles.
El pataleo y el estrépito no cesaban. La casa debía de tener ya unos cincuenta o sesenta años, así que no es extraño que en el sótano se oyeran perfectamente las carreras del histérico Gatsby. El gran Gatsby. Mi amo. Mi boss. Mi opresor.
El gran Gatsby, así es como yo lo llamo cuando no está delante. El multimillonario Steven Grey, presidente de no sé cuántos consejos de administración, accionista principal de un montón de empresas y gran empresario, no sabe, naturalmente, cómo lo he bautizado. Si lo supiera, seguro que le gustaría el mote. Es hombre leído, licenciado por Harvard, con una abuela escritora y un bisabuelo amigo de Walt Whitman. Las paredes de toda la casa están cubiertas de estanterías con libros. Algunas llegan hasta el techo. Míster Grey sabe quién era Gatsby, y se sentiría halagado por la comparación.
En cambio, ahora, refugiado aquí en el sótano para no tener que soportar su ataque de nervios, veo las cosas de otra manera, ¿y si el otro gran Gatsby sólo fuera una bonita fachada para engañar a las mujeres y a los amigos? Si pudiera trabajar una temporadita en su casa y observarlo desde la cocina, enseguida averiguaría la realidad.
Tras una última carrera furiosa por encima de mi cabeza, Steven Grey salió dando un portazo. Acto seguido arrancó el coche. Esperé cinco minutos para mayor seguridad, terminé el refresco y me encaminé a la cocina esforzándome por calmar mi indignación. Eran las ocho y cuarto de la mañana: todo había sucedido en quince minutos. Crucé el comedor de nuestra, perdón, su casa, tomé el ascensor hasta el cuarto piso, entré en mi dormitorio, que también le pertenecía, y empecé a recoger mis cosas. Seguía estando furioso. Unas veces para mis adentros y otras en voz alta, profería indignadas acusaciones dirigiéndome a un jurado imaginario al que trataba indistintamente de "chavales" y de "caballeros". Por un lado, proclamaba mi inocencia y, por otro, les hacía ver la desvergüenza, la histeria y el descaro de Gatsby. De repente, hasta pensé: "Ya veréis cuando vengan mis colegas soviéticos, con sus guerreras descoloridas, para vengarme de todo lo que Gatsby me ha hecho soportar. La venganza será terrible...".
Aún no había recogido nada, al contrario, había desordenado un poco más mis cosas, cuando sonó el timbre de la puerta. Volví a coger el ascensor hasta la planta baja, preguntándome quién diablos sería a esa hora tan temprana.
Resultó ser Olga. Con tanto jaleo había olvidado que era miércoles. Olga, una negra haitiana de cincuenta años, la única persona bajo mi mando, viene a la casa del millonario cuatro veces a la semana para hacer las camas (entre ellas la mía, ¡oh privilegio!), hacer la colada y planchar (en el sótano hay un office con lavadoras), limpiar los cuartos de baño y de aseo, sacar brillo a la plata, quitar el polvo y hacer cualquier otra tarea que yo, en mi calidad de mayordomo y jefe directo suyo, tenga a bien encomendarle. Pero bien pocas son las órdenes que le doy; no se me da bien ser explotador, tengo demasiados reparos.
Hace años, cuando todavía estaba Jenny, se instituyó en casa del multimillonario una rutina mañanera que todavía persiste. El primero en bajar a la cocina suelo ser yo. Levanto la persiana, pongo agua a calentar en el enorme fogón de gas, tan grande como el de un restaurante, y limpio la cafetera de los restos de café del día anterior. Hacia la mitad de ese proceso suele llegar Olga. Luego, ya pasadas las nueve, aparece Linda, la insustituible secretaria del gran Gatsby, que trabaja con él desde hace ocho años. Minutos antes o después de la llegada de Linda comienzan a resonar por toda la casa los timbrazos de nuestras cuatro líneas telefónicas.
Aquella mañana fui a Olga con mis quejas. Ella suele darme la razón; después de todo, soy su jefe. Yo ni siquiera buscaba su aprobación, tan sólo quería contar a alguien lo indignado que estaba. Olga es una buenísima mujer, honrada y trabajadora. La heredé de los tiempos de Jenny y no tengo la menor intención de sustituirla. Puso el grito en el cielo al escucharme y coincidió conmigo en que Gatsby había hecho mal. Si no quería que se limpiaran los pantalones grises, ¿para qué los había puesto encima del baúl junto con la otra ropa?
—¡Me importa un comino lo que haga o diga! Si se cree que no puedo prescindir de este empleo, está muy equivocado. No tengo más que buscarme otro trabajo, de camarero, por ejemplo. En un restaurante no le montan a uno estos cirios: trabajas tus ocho horas, y ¡a casita! —le decía yo a Olga sin dejar de caminar de un lado para otro. Ella me escuchaba inmóvil, apoyada en uno de los largos mostradores de madera que abarcan dos paredes enteras de la cocina. En eso sonó el teléfono, y cogí el auricular.
—Hola, soy Steven —dijo la voz sorda del gran Gatsby—. Llamo desde el aeropuerto. Perdona, Edward, pensándolo bien tenías razón al enviar el pantalón a la tintorería. Después de todo, estaba sobre el baúl donde ponemos siempre la ropa sucia. Es que estaba de mal humor por cuestiones mías, de negocios. El enfado no era contra ti, créeme.
No sé por qué, pero me mostré indulgente (Linda me riñó después por ello). Le contesté:
—No importa, Steven, lo comprendo. Todos tenemos nuestros problemas, es normal. Yo también tengo la culpa. Podía haber preguntado.
So long. Hasta dentro de quince días.
Good bye.
—¡Se ha disculpado! ¡Era él! —le anuncié triunfalmente a Olga—. Ha llamado desde el aeropuerto.
Olga sonrió, satisfecha de que Edward, que ya estaba dispuesto a dejar el empleo, se hubiera reconciliado con míster Grey sin que llegara la sangre al río. Era comprensible; después de todo, yo era un buen jefe para ella. Muchas veces le decía que se fuera antes de la hora, y nunca le indicaba lo que tenía que hacer. Consideraba que ella ya sabía cuál era su trabajo, y no me equivocaba. Si veía que la alfombra de la entrada, de la sala o del cuarto de estar del tercer piso estaba sucia, se apresuraba a pasar el aspirador.
Al poco llegó Linda, y le conté con preocupación lo sucedido.
—Por fin yo también me he estrenado, Linda. Esta mañana, Steven se ha puesto conmigo hecho un basilisco. ¡Era inevitable! Después de oírle gritarte tantas veces, sabía que no tardaría mucho en montarme una buena.
—Pues no esperes que vaya a disculparse siempre —me contestó Linda—. Si lo ha hecho esta vez es sólo porque eres nuevo en la casa y le da cierto reparo. Conmigo no tiene tantos miramientos, con suerte se disculpa una de cada dos veces. No debiste decirle que también era culpa tuya. Tenías que haberle dado a entender, aunque fuera con delicadeza, que sí, que la culpa era suya...
Linda se hace la valiente cuando está conmigo en la cocina, pero cuando Gatsby viene a Nueva York siempre anda inquieta y temblorosa. Tiene treinta y un años, y hace ocho que trabaja para Gatsby. La ha amaestrado y esclavizado de tal modo que estoy seguro de que Linda sigue pensando en los asuntos de su jefe aun fuera del trabajo, en su apartamento del edificio donde habita, en un barrio no demasiado bueno. Y ni siquiera en su dormitorio victoriano azul claro, mientras hace el amor con David, su sempiterno novio, o conversa con sus tres gatos, consigue olvidarse completarnente de Gatsby. Él, por su parte, no tiene ningún empacho en llamarla por teléfono a su casa y robarle también su tiempo lihre.
Linda es la mejor secretaria que se puede encontrar; de no ser así, Gatsby no la habría conservado ocho años. Los hombres de negocios, amigos y socios del jefe, que han pasado por la casa me han dicho en más de una ocasión que es rápida, segura y eficiente. Así lo proclama uno de los papeles que Linda tiene clavados con chinchetas en la pared de la entrada de su apartamento, en el que reinan la limpieza y el humo de cigarrillos: «Levanto edificios y paso por debajo de ellos. Hago descarrilar locomotoras. Atrapo las balas con los dientes y luego me las como. Con una sola mirada convierto el agua en hielo. SOY DIOS. Firmado: Linda».
Linda y sus cualidades figuran al pie de la hoja. En la parte superior, frente al nombre de Steven Grey escrito a mano, se lee la siguiente definición: «Presidente del Consejo de Administración. Alcanza de un salto el tejado de los rascacielos. Más fuerte que una locomotora. Más rápido que las balas. Camina sobre las aguas. Da instrucciones a Dios».
Hace ocho años que Steven da instrucciones a Linda. Y que le grita. En una ocasión, de pura cólera hizo pedazos la guía de teléfonos. Linda tiene que recordar y saber absolutamente todo. Steven armó un escándalo de miedo porque Linda no pudo encontrar de inmediato el número de teléfono de una chica que él había conocido en el avión un mes o mes y medio antes. «¡Un mes o mes y medio! —me decía Linda, furiosa—. Al día siguiente di con el nú­mero, y el encuentro había sido seis meses antes, ¡nada menos que en noviembre! Todo lo que Steven olvidaba, que al parecer era mucho, tenía que recordarlo Linda; el teléfono de sus amiguitas incluido. Hasta archivaba las cartas de sus queridas...
 
 
Yo lo tenía en un pedestal desde los tiempos en que solía ir a su lujosa casa en calidad de amante de Jenny. Aunque ella se quejaba con frecuencia de sus ataques de nervios, yo suponía que exageraba. Y es que estaba enamorado de él, me parecía que era de verdad el gran Gatsby: lleno de sentido práctico, trabajador hasta el agotamiento, símbolo auténtico de la actividad y la eficiencia norteamericanas. Me dejaba boquiabierto verlo tomar el avión casi diariamente para ir de ciudad en ciudad, de un extremo a otro de los Estados Unidos o de un país a otro. Hasta me maravillaba que, para trasladarse a Europa, tomara únicamente el fabuloso Concorde. Es más, me parecía que solo un avión como ese estaba a la altura de un hombre tan moderno como él.

Todas las empresas, que presidía eran, para mí, el colmo de la elegancia. Solo se ocupaba de negocios de mucha clase. Los costosísimos automóviles modernos que producía su fábrica me parecían coches del futuro. “Así serán los coches del siglo XXI”, pensaba. Los ordenadores que fabricaba otra de sus empresas competían con los mejores del mundo. La empresa de Gatsby mantenía con los japoneses una verdadera guerra por una minúscula piececita de sus ordenadores (piececita que contenía nada menos que 60.000 chips de información). Una guerra larvada, incluidos actos de espionaje y robos de secretos industriales. Igualito que en las películas de James Bond.
El propio jefe, con sus severos trajes ingleses de lana, sus camisas —sólo sencillas en apariencia, siempre de la marca Astor—, sus zapatos de escaso tacón, su bien cuidada barba, con gafas, arrogante, enérgico y predispuesto a reírse a carcajadas, invariable objeto de admiración de todos los que lo trataban —amigos, mujeres y socios—, era para mí una especie de héroe cinematográfico, un joven millonario símbolo del alma y las esperanzas de su país. Sólo veía de él la fachada, pero, eso sí, una fachada deslumbrante.
También hablaba a su favor la prueba de confianza que me había dado al contratarme, a sabiendas de que era poeta y escritor, y que no tenía nada de mayordomo. Al hacerlo se privaba de algunas comodidades: yo carecía de experiencia y, por lo tanto, mis servicios no podían ser perfectos. Así que deduje que Steven Grey era algo así como un protector de las artes. De hecho, hasta había producido una película de “arte y ensayo” con actores europeos, “una verdadera obrita maestra”. Pero el arte no da dinero, y Steven Grey había perdido en el negocio cerca de dos millones de dólares. Yo lo respetaba enormemente por ello.
Una prueba de lo bien que me caía es que, en aquella época, solía hacer con él una excepción en mi propia teoría de la lucha de clases, penosamente elaborada durante los primeros y difíciles años de mi azarosa vida en los Estados Unidos. No, él no era uno de esos capitalist pigs, pensaba yo. A un hombre que había tirado por la borda casi dos millones para rodar una película intelectual, y que luego se reía al hablar de la pérdida de esa suma, sencillamente no se le podía incluir entre la multitud de cerdos sin rostro. Steven Grey merecía que se le distinguiese de esa masa.
 
Yo encontraba en Gatsby muchos rasgos atractivos. Por ejemplo, Steven había hecho un papel brillante cuando su amigo Anthony había sufrido una desgracia en Kenia; es más, prácticamente le había salvado la vida enviándole un avión. Debido a un error cometido por los médicos cuando le recetaron un nuevo medicamento, insuficientemente experimentado, Anthony había perdido la cabeza y se había arrojado por la ventana de su hotel. Se encontraba en coma cuando lo recogió el avión enviado por Gatsby para llevarlo a una de las mejores clínicas de los Estados Unidos, donde tuvieron que someterlo a varias operaciones quirúrgicas. Anthony se quedó inválido, pero sobrevivió. Se quedó paralítico de las dos piernas y de una mano, de modo que ha tenido que abandonar su querida profesión, la arquitectura, que es lo que le había llevado a Kenia, pero está vivo. Y todo ello gracias a Steven Grey. Además, hace ya muchos años que Steven le paga el estudio donde vive, la manutención y hasta un sirviente, pues el pobre Anthony no puede cocinar ni limpiar su apartamento. Yo, que preveo abundantes desgracias y percances en mi vida futura, quisiera tener un amigo como Steven Grey. Esa historia tenía necesariamente que emocionar a alguien como yo, que a lo largo de su existencia no ha cesado de buscar amigos, y que ha encontrado tan pocos. Aun después de que la imagen fascinante de Gatsby perdiera para mí gran parte de su atractivo, la historia de Anthony siguió impresionándome.
A propósito de su generosidad, hay que decir que la película de la que antes hablé Steven la financió también por motivos de amistad. En uno de nuestros escasos momentos de intimidad, cuando se sentaba conmigo en la cocina para charlar durante media hora —y, para Gatsby, perder media hora era como perder un mes entero para el hombre común y corriente—, el amo me contó cómo se había convertido en mecenas del séptimo arte.
—Durante tres años, Edward, estuve jugando al ajedrez con un director de cine, que, por cierto, jugaba muy bien. Y siempre se quejaba de que quería rodar una película que nadie estaba dispuesto a financiar porque se trataba de un tema demasiado serio, así que el pobre hombre se veía obligado a rodar vulgaridades comerciales que no le interesaban en absoluto. Al cabo de tres años de escuchar sus quejas, terminé tan harto que decidí darle el dinero para la película con tal de que dejara de darme la tabarra.
Míster Grey rió con satisfacción. No estoy muy seguro de que su relato se correspondiera con la realidad; tal vez no fuera sino una versión idealizada que él mismo había terminado creyéndose. Pero la película se había hecho, de eso no cabía la menor duda. A continuación, Gatsby entró en complicadas digresiones financieras sobre cómo había perdido los casi dos millones de dólares. Según él, la culpa la había tenido el descontrol en la venta de las entradas en la mayoría de los cines.
—En los cines donde pusimos interventores para que controlaran el número de espectadores que entraban en la sala y lo comparasen con el dinero recaudado, no perdimos dinero —aseveró Gatsby.
No sé si el jefe estaba en lo cierto, ya que soy poco ducho en estas cosas. Por lo poco que sé de economía, estoy convencido de que la mejor inversión que se puede hacer es en la revolución. Es una inversión arriesgada, eso sí, pero, si tienes suerte, lo ganas todo. Sentí ganas de decirle: «Oiga, ¿y no le gustaría invertir sus millones en la revolución?».
 
Así pasaban los días. Aunque a partir de la bronca del mes de febrero todavía hubo bastantes momentos en que renació mi admiración por él, lo cierto es que la sombra de lo sucedido nunca desapareció y que, al írsele añadiendo otras sombras semejantes, la imagen de Gatsby, el superhombre, intelectual liberal y gran amigo de los sirvientes, los animales y los niños —hasta él mismo debe creérselo—, acabó desfigurándose por completo. Mi amiga Jenny le llamaba “liberal de limusina”, y durante un tiempo ese apodo me pareció de lo más apropiado. De modo que vivo en el barrio más lujoso de Manhattan, a orillas del East River, en una casa valorada en un millón y medio de dólares, y estoy al servicio de un liberal de limusina. O sea, que soy un servidor corrompido de la burguesía internacional, como a veces yo mismo lo pienso, medio en serio, medio en broma.
Y es que es verdad que estoy corrompido. Bueno, digamos que lo estoy en este momento, pues es posible que mañana tenga que abandonar esta lujosa residencia —una posibilidad que siempre tengo presente— y lanzarme de nuevo al mundo, a luchar por la supervivencia. Pero la realidad es que, hoy por hoy, vivo como pocos lo hacen, en esta ciudad o en cualquier parte del planeta.
En primer lugar, como ya dije, soy el único que reside permanentemente en la casa del millonario. Míster Grey vive con su familia en Connecticut, en una gran finca en el campo. Su mujer —la rubia Nancy— y sus cuatro hijos, la servidumbre y los ocho automóviles están todos allá. También tienen una huerta, caballos, flores, una piscina y varios agricultores, que arriendan una parte de sus tierras.
Las paredes de su casa neoyorquina están cubiertas de paisajes de Connecticut, pintados al óleo, como si fueran fotografías, por un tal Harris, Jacob Harris creo que se llama. Los marcos de los cuadros son de madera antigua, ennegrecida y sin pintar. A mí, esos paisajes me recuerdan la Rusia que abandoné hace cinco años: los mismos arroyuelos y caminos campestres, los mismos abetos y los mismos campos nevados. Por encargo de Gatsby, Harris pintó en ellos innumerables cercas de estacas, setos, árboles otoñales y granjas con paredes de ladrillo rojo.
Nancy y su marido —los fines de semana, cuando no está volando por Asia o por Europa— llevan allí una vida sana, bebiendo buena leche de las vacas que se ve pastar apaciblemente en los paisajes de Harris. Y así también es de suponer que crecerán sus hijos, saludables y vigorosos, como auténticos norteamericanos.
 
En cambio yo, Edward Limónov, vivo en la residencia neoyorquina. Las ventanas de mi dormitorio, que está en el tercer piso, dan al jardín y al río. Por las mañanas oigo cantar en el jardín a los pajarillos, y a todas horas del día y de la noche discurren barcazas, vapores y remolcadores por el río. En mi cuarto de baño hay un tragaluz en el techo. Todos los lunes, Linda me da dinero para que compre comida, una de mis obligaciones, y los jueves me paga el sueldo de la semana. Una parte del sótano está ocupada por la bodega, que es el orgullo del amo, con sus miles de botellas de vino francés añejo y de licores de todas clases. Las cinco plantas de la casa están amuebladas a todo confort, con abundantes y mullidas camas, divanes, libros y cuadros. Todo eso estaría muy bien, sería un paraíso donde el sol resplandecería entre las hojas de hiedra ... Sí, todo sería perfecto si, de vez en cuando, la casa no recibiera la visita de su verdadero dueño.
 
Durante los primeros meses que siguieron a mi llegada, Steven venía por la casa con poca frecuencia: solía presentarse en taxi una vez a la semana, hacia las seis o las siete de la tarde, procedente del aeropuerto. Casi siempre llegaba de mal humor, por las razones que fueran, y se le notaba el enfado en que no conseguía encontrar el dinero para pagar al taxista, se aturullaba, tosía, sacaba una y otra vez la pipa del bolsillo y la volvía a guardar, corría de acá para allá agitado y nervioso. El nerviosismo se transmitía poco a poco a toda la casa, y yo, que hasta entonces sólo había pertenecido a mí mismo o a mis obligaciones, de repente pasaba a pertenecerle a él. Su mal humor se comunicaba a la casa, a mí y, sobre todo, a Linda, si es que Steven llegaba durante sus horas de trabajo. Linda trabaja en un rincón del segundo piso, por el que pasa todo el mundo, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde.
Yo solía esperarlo. Me sentaba en la cocina y oteaba la calle desde la ventana. En cuanto lo veía llegar en el taxi, corría a abrirle la puerta a fin de que no tuviera que buscar la llave y se irritara aún más por esa razón; o sea, que yo también tenía mis motivos egoístas para mostrarme tan solícito. Pasado el trajín de la llegada, Steven, con mi ayuda o sin ella, metía en casa el equipaje —una o más maletas y el inevitable montón de periódicos arrugados que había ojeado en el taxi—, corría a su lujoso despacho de madera y cuero del primer piso y se agarraba al teléfono. Solía hablar entre treinta y sesenta minutos, pero a veces las llamadas se prolongaban hasta dos y tres horas ...
Al terminar, bajaba a la cocina a coger la última edición del New York Post, no sin antes preguntarme, con una cortesía un tanto fuera de lugar, si ya lo había leído y se lo podía llevar. Lo hubiera leído o no, siempre le daba su periódico. Habría tenido su gracia ver cómo reaccionaba si por una vez me hubiera negado a dárselo. Yo le preguntaba si quería beber algo. Por “algo” se sobreentendía su bebida de siempre, un vaso de Glenlivet con mucho hielo y soda. Si estaba de buen humor, él mismo se preparaba la bebida. Yo siempre dejaba la botella bien a la vista, en la mesa, para que no empezara a buscar su scotch en el armario de la cocina que hacía las veces de mueble bar, se aturullara y cogiera otra vez un cabreo. Todas esas tradiciones de colocación de las botellas y recibimiento en la puerta se establecieron hace mucho tiempo, cuando todavía estaba Jenny, como obstáculos estratégicos que cerraran el camino al mal humor de Steven. ¿Se habrá dado cuenta de que Linda, yo, todos, estamos pendientes de sus cambios de humor?
El amo, tras dar una rápida ojeada al diario, cogía el vaso y se dirigía a su dormitorio del segundo piso, llenaba la ancha y profunda bañera de agua mezclada con una esencia de pino especial, de color verde, y se tendía en ella. Mientras se relajaba, la radio que había sobre su mesilla de noche siempre permanecía encendida.
Entre tanto, nosotros —la casa y yo— nos dedicábamos a esperar. Esperábamos a que se largara, desapareciera, se fuera a comer a un restaurante y, después, a donde le diera la gana. Desde hacía algún tiempo, solía regresar a casa a altas horas de la noche para follar. La casa y yo esperábamos que se marchara, digo, pues tengo la sensación de que la casa me quiere a mí, pero no a él. ¿Por qué a mí sí? Porque yo vivo en ella, la limpio y la cuido. La limpio porque, además del trabajo de housekeeper, sigo encargándome de la “limpieza a fondo”. Desde hace ya mucho tiempo, cuando Jenny aún vivía y trabajaba aquí, una vez a la semana limpio la casa de arriba abajo con el aspirador y encero los suelos. Es indudable que la casa me prefiere a mí, que la limpio, la ordeno y velo por que esté calentita y seca por dentro. El gran Gatsby, en cambio, lo único que hace es desparramar toallas, camisas, calcetines y calzoncillos sucios y trajes arrugados, meter polvo de la calle con los pies, dejarse por todas partes copas de vino y tazas de café a medio terminar... O sea, que mientras él trae el desorden y la suciedad a la casa, la descuida y la maltrata, yo la protejo de todo mal.
La casa y yo consideramos la llegada del amo como la irrupción de un extraño en nuestra intimidad, y siempre esperamos impacientemente el momento de su marcha. Durante la espera, suele presentarse su girlfriend, Polly, una mujer muy agradable pero algo ajada. Linda coincide conmigo en que Polly ejerce sobre Gatsby —nuestro barón bárbaro— una influencia benéfica y apaciguadora, y ambos rogamos al cielo para que no se peleen.
La idea de comparar a Steven con un barón bárbaro se me ocurrió poco a poco, después de prepararle muchísimos almuerzos. Comía sobre todo carne: cordero o filetes de vaca que yo encargaba por teléfono a la mejor carnicería de la ciudad, la de los hermanos Ottomanelli. A fuerza de verlo comer, un poco atontado por culpa de la carne y del vino tinto francés —del que en cada sentada caían como mínimo dos botellas—, abotagado, con la barriga desbordándosele por encima del cinturón y el rostro barbirrojo congestionado, me vino esa comparación, que le va como anillo al dedo. Cuando terminaba su pierna de cordero, nuestro barón, gran cazador siempre rodeado de caballos y de canes, parecía salir de la Inglaterra medieval con sus botas de montar y un fuerte olor a perro, alcohol y caballerizas. Los armarios donde Gatsby guardaba sus trajes y sus nurnerosísimos pares de zapatos despedían, al igual que su propia persona, un extraño tufo a cuero mezclado con olor a perfume y tabaco Dunhill, única marca que fumaba. Como todos los esnobs —y ya habrá adivinado el lector que Steven Grey pertenecía a esa categoría—, tenía su propia marca de scotch: Glenlivet; de camisas: Astor; de calzoncillos: Jockey; y de tabaco: Dunhill. También respetaba otras reglas propias del esnobismo y la buena vida tales como usar exclusivamente calcetines de algodón adquiridos en Bloorningdale's. Allí le compraba yo también los corbatines para sus smokings y la ropa de cama de toda la familia. Ésta tenía que ser siempre de algodón, sin mezcla; en la casa, las fibras sintéticas estaban proscritas.
Cuando venía a vernos, Polly solía saludarme con alguna frase amable —“¿Cómo va tu libro, Edward?”, o algo por el estilo; las frases variaban, pero todas debían manifestar que se interesaba por mí y por mi futuro—, e inmediatamente subía en busca de Steven. Si éste ya había salido de la bañera y se hallaba vestido, bajaba a su vez por la escalera a encontrarse con ella. Entonces, yo hacía mutis por el foro, y me refugiaba en la cocina o en mi habitación, desde donde me quedaba esperando con impaciencia a que se fueran a un restaurante. Al mismo tiempo, tenía que mantenerme en guardia por si Steven me pedía que buscara urgentemente a alguien o algo dentro o fuera de la casa. Dueño como era de un pequeño imperio empresarial en el que multitud de personas trabajaban para él, jamás recordaba, por ejemplo, en qué parte de la cocina estaban las tazas o los vasos. Para encontrar las copas de vino abría de par en par, uno tras otro, todos los armarios, que eran nada menos que doce. Cuando me retiraba a mi cuarto, para que se sintiera en su propia casa y respetar su intimidad, siempre dejaba mi puerta abierta por si me necesitaba para algo.
Escenas tan violentas como la del envío de los pantalones a limpiar no han vuelto a producirse, por razones que explicaré a continuación, pero de vez en cuando la casa se sigue estremeciendo con sus arrebatos de ira, que ponen a Linda al borde del ataque de nervios y a mí me llenan de irritación. “¡Menudo blandengue! ¡Vaya una mujeruca histérica incapaz de dominarse!», me digo por lo bajinis mientras lavo los platos o quito la mesa.

EL REGRESO A RUSIA

EL REGRESO A RUSIA - ed. oriente y mediterráneo

Como el propio autor explica en su llamamiento a los escritores franceses en que reclama su solidaridad después de pasar ocho meses en la cárcel de Lefortovo —tristemente famosa desde los tiempos de las purgas estalinistas—  y bajo la amenaza de una condena a largos años de prisión, Limónov regresó a su país en 1993 y desde entonces participó en lo que podríamos denominar movimiento de reivindicación de la antigua Unión Soviética, en el que coincidirá con ultranacionalistas, comunistas y figuras mundialmente conocidas como el campeón mundial de ajedrez Kasparov: el mismo año 1993 participa en la ocupación y defensa de la Duma frente a las tropas de Yeltsin y al año siguiente fundó la revista Limonka y el PNB, el Partido Nacional-Bolchevique.
Desde entonces su vida ha estado puntuada por estancias más o menos largas en las comisarías, pero en 2001 fue detenido por miembros del FSB, la policía secreta rusa heredera del KGB, y, acusado de promover una insurrección armada y actos de terrorismo, arriesgaba veinte años de cárcel. Teniendo en cuenta que entonces Limónov tenía ya 64 años, la condena habría supuesto acallar para siempre una voz radicalmente disidente y provocadora.
Fruto de esa situación es su llamamiento a los escritores franceses —Limónov tiene también la nacionalidad francesa, desde los años en que vivió exiliado en ese país— de 28 de noviembre de 2001 que reproducimos a continuación:

Moscú, 28 de noviembre de 2001
Prisión de Lefortovo, celda 32
LLAMAMIENTO DE EDOUARD LIMONOV A LOS ESCRITORES FRANCESES
A mis queridos amigos y colegas "de pluma", a mis queridos amigos escritores y a los autores, como yo, de las editoriales Ramsay, Albin Michel, Flammarion, Le Dilettante, L'Age d'Homme y Le Rocher, a los amigos de L'Idiot international y a todos los escritores libres y no conformistas de Francia.
Como tal vez recordéis, en 1993 me reinstalé en Rusia para ayudar a mi patria, que atravesaba momentos difíciles. En octubre de 1993, con pleno conocimiento de causa, me sumé a los defensores del Parlamento en la Casa Blanca; desarmado, arrostré la trágica fusilada de la noche del 3 al 4 de octubre ante la torre Ostánkino de la televisión. Tras permanecer oculto en la región de Tver, me presenté sin éxito como candidato a la Duma estatal. En noviembre de 1994, fundé la revista Limonka y desde hace cinco años, como redactor jefe, no he dejado de incrementar su audiencia entre la juventud rusa. Ese mismo año, con el filósofo Alexandre Douguine fundé el Partido nacional-bolchevique, que en la actualidad cuenta con alrededor de ocho mil miembros, bastantes de ellos muy jóvenes, y está presente en una cincuentena de regiones. Durante estos años, el PNB, de acuerdo con sus ideales socialistas y de justicia nacional, ha desarrollado estrictamente su acción en el marco de las leyes vigentes en Rusia.
El movimiento ha ido creciendo y, en 1998, celebramos el primer congreso. Respetando las duras condiciones impuestas en Rusia, hemos tratado sin éxito, en repetidas ocasiones, de inscribir nuestro partido en el Ministerio de Justicia, lo que nos ha hecho comprender que el poder no nos permitiría presentarnos ante los electores.
Desde 1999, tomamos parte activa en las manifestaciones de protesta contra la suerte reservada a las importantes minorías rusas en los territorios ex soviéticos. Así, el día de la independencia de Ucrania, el 24 de agosto de 1999, miembros del PNB ocuparon pacíficamente la torre del Club de Marinos de Sebastopol, con el objeto de mostrar nuestro desacuerdo con la ocupación de Crimea. Pese al carácter pacífico y simbólico de tal acción, nuestros militantes purgaron seis meses en las mazmorras ucranianas. En noviembre de 2000, nuestros militantes ocuparon por el mismo procedimiento la torre de la catedral de San Pedro en Riga y, acusados de "terrorismo", fueron dos de ellos condenados a quince años de cárcel y el otro a cinco años. Aunque tan grotesca acusación fue revisada posteriormente, ¡se saldó con seis, cinco y un año de cárcel!
Las manifestaciones del PNB son espectaculares pero siempre pacíficas. Como, por ejemplo, la última acción de nuestra militante Alina Lebedeva que en Riga dio un cachete con un ramo de claveles al príncipe Carlos para protestar contra los bombardeos en Afganistán.
El 7 de abril de 2001 me detuvieron en las montañas de Altai en una isba en medio de la taiga. No encontraron ningún arma durante el registro. Hacía años que yo era objeto de una estrecha vigilancia por parte del FSB. En los últimos tiempos, dos coches del FSB me seguían en permanencia durante todos mis desplazamientos. ¡A uno de los agentes del FSB que me detuvo lo conozco desde 1997! Me detuvieron tomando como pretexto la detención de algunos miembros del PNB en Saratov en marzo de 2001, a raíz de una provocación del FSB. Basándose en mis artículos en la prensa y en Limonka, me acusan de tener la "intención" de crear un grupo armado con el objeto de organizar actos terroristas en el territorio de Kazajstán. ¡Se me acusa igualmente de llamar a un cambio de régimen en Rusia por medio de la violencia!
Hace tiempo que el FSB preparaba sus armas contra el movimiento que yo dirijo, sobre todo contra los jóvenes. Pero solo ha podido actuar con total impunidad cuando uno de sus colegas ha accedido al trono de Rusia.
El FSB me acusa a partir de su interpretación de los artículos que he escrito como periodista y de otros cuya paternidad pretende endosarme. En ellos el FSB encuentra "intenciones" a las que pueden aplicarse cuatro artículos del Código Penal, el 205, el 208, el 222 y el 280, ¡lo que podría saldarse con un total de 20 años de cárcel! Estos cuatro artículos reunidos recuerdan el siniestro artículo 58 del Código soviético, por el que millones de mis conciudadanos fueron arrojados a campos de concentración para morir allí. El FSB quiere castigar al intelectual, al escritor y al ideólogo porque es un intelectual, un escritor, un ideólogo y el responsable libre de un movimiento que molesta.
Aun siendo ciudadano ruso, Francia es mi segunda patria, cuya nacionalidad adquirí en 1987. Para las leyes francesas, yo soy también uno de sus ciudadanos y no puedo por menos de lamentar el silencio inexplicable de los representantes de Francia en Moscú. El diputado de la Duma Viktor Alknis ha advertido al embajador de Francia. Mi abogado Serge Beliak se ha entrevistado con el cónsul para comunicarle, en particular, que necesito mis medicinas contra el asma. ¡Este simple gesto humanitario parece fuera del alcance de los diplomáticos franceses, ninguno de los cuales me ha visitado durante los ocho meses que llevo detenido!
Queridos amigos escritores franceses, ha vuelto el sistema totalitario contra el que se alzaban los disidentes soviéticos en la década de 1970. Los métodos del KGB, la cárcel en la que permanezco encerrado, los derechos elementales de la persona pisoteados, todo ello  ha resurgido. El sistema ha sido restaurado. Para los espíritus libres recomienza la misma pesadilla. Os pido que comprendáis mi situación y me ayudéis, como hicisteis con Anatoli Chtcharanski, Vladimir Bukovski, Iuli Daniel, Andrei Siniavski y Alexandre Solyenitsyn. "El caso Limonov" es político y ha sido montado por los órganos de la Seguridad del estado para acallarme definitivamente.
Nunca mentí en los diecisiete libros que publiqué en Francia. Podéis creerme si afirmo que el KGB de antaño ha vuelto, que se han restablecido los delitos de opinión, que una capa de plomo ha caído sobre las libertades y las ahoga bajo la amenaza de años de cárcel.
Os pido, os ruego que hagáis escuchar vuestra voz para asegurar mi defensa.
Vuestro E. Savenko (Limonov)