Diario del asedio a Duma 2013

Diario del asedio a Duma 2013 - ed. oriente y mediterráneo

Comenzamos el año editorial 2017 con la publicación de Diario del asedio a Duma, 2013, un texto que reúne las notas del diario personal de Samira Khalil, activista siria secuestrada junto con Razan  Zaituneh, Wael Hammada, Nazem Hamadi, el 9 de diciembre de 2013 en Al-Gutha. A día de hoy siguen desaparecidos. Editado por Yassin al-Haj Saleh, su "compañero de vida", y presentado por Santiago Alba Rico. Un conmovedor relato del día a día de una ciudad asediada y de las reflexiones al hilo de la violencia, el miedo, el hambre, la destrucción... "Dentro de cien años la narración de Samira será quizá una obra de ficción que nos conmoverá en el vacío; hoy no se puede salir de ella; terminas de leerla y te está esperando fuera", como expresa Santiago Alba en su presentación.

 

"En el mundo hay un apagón general. Se llama Siria. Hace seis años una revolución democrática planetaria que empezó en Túnez, pero que tuvo sus metástasis de salud en España, en Grecia, en Turquía, en EE.UU., llegó también a Siria, el lugar más improbable y también el más necesitado. Allí se concentraron todas las esperanzas de cambio, y allí se concentraron, por eso mismo, todos los esfuerzos para impedirlo. Siria tiene algo de emblema y de mónada, de símbolo y de revelación. Todas las fuerzas que, por separado, frenaron o voltearon las «revoluciones árabes», se lanzaron juntas contra la revolución siria: decenas de países, de milicias sectarias extranjeras, de grupos yihadistas internacionales. Por eso su derrota expresa, mejor que ninguna otra, el estado del mundo, su nueva composición geopolítica y las nuevas amenazas que se ciernen sobre todos. Podemos decir, con una imagen apenas hiperbólica, que para impedir el cambio en Siria ha hecho falta cambiar el mundo entero".

Santiago Alba


"Siria es el país en el que ha recaído el mayor peso de la connivencia de los tres monstruos u ogros: el despotismo asesino asadiano —que mató a decenas de miles de sirios a principios de los ochenta—, las formaciones nihilistas salvajes, como Daesh, Al-Qaeda y el Ejército del Islam —la formación que secuestró a Samira, Razan, Wael y Nazem—, y la «administración de la crisis siria» por parte de EE.UU., para que Asad se quedara, provocando la destrucción del país y facilitando (a través de la retórica de la guerra elitista contra el terrorismo) que el país cayera bajo la ocupación rusa e iraní. Del mismo modo, ha facilitado el ascenso internacional de la derecha nacionalista securitaria, el retorno de la política de fronteras y la inclusión de temas como la inmigración, la concesión de asilo y el terrorismo de forma prioritaria en las agendas de las élites políticas de los países occidentales".

Yassin al-Haj Saleh

Es una guerra real, no un juego de disfraces importado.
Es una guerra real para la que varios Estados han exportado sus instrumentos de muerte.
Es una guerra cuya inmoralidad es insuperable, mientras el mundo mira los restos de las personas: carne y sangre que saltan por los aires a través de las pantallas.
No es un juego de disfraces: la gente muere a diario de hambre, enfermedad y violencia…
Mueren a causa de los proyectiles que atraviesan sus casas… Mueren mientras preparan la comida de sus hijos y piensan qué harán para cenar. El proyectil llega para darles un descanso del sufrimiento diario.

Samira Khalil

 

Ficha técnica:

Autora: Samira Khalil

Título: Diario del asedio a Duma 2013

Presentación de Santiago Alba Rico

Edición: Yassin Al Haj Saleh

Traducción del árabe: Naomí Ramírez Díaz

Colección: "encuentros", 13

Nº páginas: 176

Formato: 21 x 12,5

ISBN: 978-84-946564-0-8

PVP: 12 euros

IBIC BJ Diarios, cartas

BISAC BIO022000-BIOGRAPHY&AUTOBIOGRAPHY/WOMEN

PRESENTACIÓN

Santiago Alba Rico

Terminé la lectura del diario de Samira Khalil tan desasosegado y enrabietado que quise imponerme unos días de silencio antes de redactar este prólogo. Quería alejarme un poco, serenarme, embridar las emociones. Ha sido imposible. El problema es que Siria no está encerrada en las páginas del libro de Samira. Está en el mundo. Está, por ejemplo, en Alepo, donde —mientras escribo estas líneas— la dictadura ocupante, con la ayuda de los invasores ruso e iraní, está a punto de hacer irreversible la derrota de los rebeldes y, con ella, el oscurecimiento general —otro más— de la civilización humana. Así que no puedo mantenerme ni frío ni ecuánime. Dentro de cien años la narración de Samira será quizá una obra de ficción que nos conmoverá en el vacío; hoy no se puede salir de ella; terminas de leerla y te está esperando fuera. La ilusión literaria, tan legítima, placentera y protectora, de que todo relato forma parte del pasado —de que relatamos en pasado y leemos, por tanto, ya a cubierto de todo mal— en este caso no sirve. He esperado cinco días para empezar a redactar este prólogo, y esos cinco días han sido como otros tantos capítulos del libro. O al revés: esos cinco días, con sus hospitales destruidos por las bombas, sus ciudadanos hambrientos y al borde del abismo y sus niños rojos acostados para siempre entre las ruinas, impiden que el testimonio de Samira se convierta en una obra de ficción. Alepo no es un libro. El libro de Samira es más bien Alepo.
En el mundo hay un apagón general. Se llama Siria. Hace seis años una revolución democrática planetaria que empezó en Túnez, pero que tuvo sus metástasis de salud en España, en Grecia, en Turquía, en ee.uu., llegó también a Siria, el lugar más improbable y también el más necesitado. Allí se concentraron todas las esperanzas de cambio, y allí se concentraron, por eso mismo, todos los esfuerzos para impedirlo. Siria tiene algo de emblema y de mónada, de símbolo y de revelación. Todas las fuerzas que, por separado, frenaron o voltearon las «revoluciones árabes», se lanzaron juntas contra la revolución siria: decenas de países, de milicias sectarias extranjeras, de grupos yihadistas internacionales. Por eso su derrota expresa, mejor que ninguna otra, el estado del mundo, su nueva composición geopolítica y las nuevas amenazas que se ciernen sobre todos. Podemos decir, con una imagen apenas hiperbólica, que para impedir el cambio en Siria ha hecho falta cambiar el mundo entero.
Seis años después, las esperanzas democráticas globales, centradas en el mundo árabe, abortadas en el mundo árabe, se han invertido en un proceso des-democratizador también global. La criminal resistencia de Bashar al-Ásad —cuando caían Ben Ali, Mubarak, Gadafi, Saleh— se convirtió en el fulcro a partir del cual se reconstruye hoy el infame ciclo dictaduras/imperialismos/terrorismo que viene atormentando la región desde hace 70 años. La «resistencia» de al-Ásad contra su propio pueblo, cuya pugnacidad se mide en cientos de miles de muertos, millones de desplazados, miles de torturados y desaparecidos, parece reflejar y alimentar un nuevo cambio, esta vez en dirección contraria, que desplaza el conjunto del planeta hacia el autoritarismo y el fascismo. El régimen sirio, relativamente aislado en 2012, hoy es más bien el modelo: a las teocracias del Golfo, lamidas por las revueltas pero también «resistentes», a la Rusia de Putin y al Irán de los ayatolas, sin cuyo concurso el régimen habría caído hace dos años, hay que añadir ahora la hegemonía del mariscal Hafter en Libia, la tiranía de Sisi en Egipto, la deriva autoritaria de Erdoğan en Turquía, los retrocesos en América Latina, la victoria de Trump en ee.uu. y el apoyo rampante a fuerzas de extrema derecha o de derecha extrema en Europa, donde el neofascismo está a punto de hacerse con el poder en Francia y sigue creciendo en Austria, en Alemania, en Polonia, en Hungría, en Inglaterra. Ninguna de las potencias intervinientes en la guerra de Siria lo hizo nunca en favor de la democracia y la dignidad del pueblo sirio, pero los propios gobiernos extranjeros que, de manera activa o pasiva, están permitiendo la victoria de al-Ásad, se han ido desplazando cada vez más hacia la derecha. Al-Ásad ha vencido también en el sentido de que, seis años después de que el mundo árabe estuviera a punto de desembarazarse de sus dictadores, hoy todos los gobernantes, en la región y en el resto del mundo, se parecen un poco más a él. Al-Ásad era la excepción (que «resistía»); comienza a ser la regla. Todos quieren imitarlo.
En este contexto, la izquierda tradicional, ya marginal o incluso refractaria durante el impulso democratizador de 2011, es completamente inútil ahora para frenar la des-democratización que, desde Siria, se extiende por todo el planeta. Se puso fuera de juego hace seis años y se ha quedado fuera de juego. Es difícil exagerar las consecuencias éticas y políticas de esta ceguera. La izquierda mundial —con la excepción de algunas minorías luminosas y afónicas— se sumó a la derecha en su contrarrevolución en Siria; y pocas veces se habrá revelado tan occidental, orientalista y colonial, tan «de derechas», incluso —o sobre todo— la izquierda de América Latina, de la que uno hubiera esperado, por afinidades históricas, más sensibilidad y más solidaridad. Ha sido exactamente lo contrario. La Venezuela de Chávez, la Cuba de Fidel, el Ecuador de Correa, la Bolivia de Evo, el Brasil de Dilma —gobiernos sinceramente preocupados por el bienestar de sus pueblos— han apoyado por intereses geopolíticos ultraconservadores al verdugo del pueblo sirio. Han hecho algo peor (¿peor?): han utilizado su prestigio para marcar —como la vieja urss— la línea política de la izquierda europea, que no solo no se ha movilizado contra la guerra sino que, además, ha reprimido y criminalizado toda expresión de solidaridad o denuncia. Se han comportado de manera tan «occidental», tan «colonial», tan «orientalista», que, en efecto, han adoptado la misma postura que los fascistas italianos, polacos o franceses, con los que han coincidido en sus visitas al palacio de Damasco.
Imaginemos que viviéramos en un mundo tan atroz —y tan impenetrable para la izquierda— que el único modo de defender geoestratégicamente al pueblo venezolano (o al cubano o al boliviano) fuera sacrificar al pueblo sirio. No me lo creo. Nadie realmente «de izquierdas» puede creer en semejante silogismo, cuya demostración nos condenaría fatalmente a renunciar a nuestros principios y claudicar ante el imperialismo, las dictaduras y el capitalismo. Pero supongamos por un momento que fuera cierto. Supongamos que fuera cierto que no se puede defender al mismo tiempo al pueblo venezolano y al pueblo sirio, que los venezolanos solo pueden ser «de izquierdas» matando a izquierdistas sirios, que para defender nuestros intereses «venezolanos» hay que lanzar bombas sobre Alepo. Si ese fuera el caso, ¿por qué el pueblo sirio tendría que comprenderlo y dar prioridad al pueblo venezolano? ¿Por qué la izquierda siria tendría que sacrificar la democracia, la dignidad y la justicia social en Siria a los intereses de la izquierda latinoamericana? Tan absurdo, disparatado y anti-ético es este presupuesto, tan contrario a la razón y al internacionalismo, que para evitarlo ha hecho falta recurrir al más grosero negacionismo: negar que en Siria hubiera una revolución democrática, negar que hubiera una izquierda luchando contra el régimen, negar los crímenes de al-Ásad y de Rusia, negar la complicidad de ee.uu., negar —en definitiva— la verdad y con ella a sus víctimas y a sus héroes. El resultado no puede ser más calamitoso. La izquierda «occidental» (incluyendo en este rubro a la izquierda latinoamericana y a una buena parte de la izquierda árabe) no solo ha facilitado la derechización de tres continentes sino que ha entregado Siria a la hipocresía humanitaria de la ue y de los ee.uu., pasivos aliados de Damasco, agravando al mismo tiempo la soledad de los sirios en su lucha contra la dictadura y su vulnerabilidad —también la psicológica e ideológica— en su lucha contra el isis y la sectarización del conflicto. Los barriles de dinamita no caen del cielo, como las frutas, cuando están maduros; hay que empujarlos; y buena parte de la izquierda mundial, al lado de los imperialismos ruso y estadounidense, al lado de Le Pen y de Casa Pound, han estado empujando esas bombas y justificando —o negando— sus consecuencias.


Conservo una foto que publicó hace dos años en Facebook Yassin Al-Haj Saleh, marido de Samira Khalil y uno de los más grandes y valientes intelectuales de este mundo de perros. Con otra izquierda, en otras circunstancias, si tuviera otra nacionalidad, se le reconocería la estatura de un Sartre, un Camus o —digamos— un Frantz Fanon. Dejemos eso ahora. Lo cierto es que hace dos años Yassin publicó una fotografía estremecedora que revela las dimensiones de la tragedia que preferimos ignorar. Lo que tiene de estremecedora es que se trata de una foto enteramente normal: en una casa normal, nueve personas normales, cinco hombres y cuatro mujeres todos normales y vestidos de forma normal (hay que recurrir a este truquito para que comprendamos y empaticemos), todos ellos comunistas o activistas democráticos, posaban en 2005 ante una mesa poblada de sencillas viandas (humus quizás y shawarma y unos vasos de lo que parece arak, una bebiba alcohólica local). Entre los allí reunidos se encontraban Razan Zaituneh, la conocida defensora de los derechos humanos, hoy secuestrada en Duma; Amed Shikha, treinta años de prisión; Faris Murad, veintinueve años de prisión, muerto en 2009; Shadi Kurdie, muerto en 2013 tras ser detenido por el régimen; Nazem Hamadi, secuestrado en Duma; Wael Hammada —tras la cámara—, secuestrado en Duma; Samira Khalil, secuestrada en Duma, cuatro años en las prisiones del régimen, autora del testimonio que publicamos aquí. Pues bien, de las nueve personas presentes en esa velada (la décima es una extranjera de paso en Damasco) seis están muertas o han desaparecido; las otras dos padecieron largos años de prisión. Yassin Al Haj Saleh, todavía vivo y exiliado en Estambul, pasó —no hay que olvidarlo— dieciséis años en las cárceles de Hafez al-Ásad, padre y maestro de Bashar al-Ásad. Esa foto parece una fiesta, pero es una matanza y una acusación, resumen doloroso del matadero de Siria. En Colombia lo hubiesen llamado —llamaron de hecho a una situación similar— politicidio. Ese politicidio, practicado durante más de cuarenta años e intensificado durante el último lustro, ha sido el efecto brutal y la condición de supervivencia del régimen asadiano, uno de cuyos órganos adaptativos es hoy el isis (y otros grupos yihadistas, como Fath-al-Sham, antes Al-Nusra). Hermanos siameses —insiste siempre al-Haj Saleh—, la dictadura y el yihadismo se necesitan y justifican mutuamente, y no se podrá nunca acabar con uno sin acabar con el otro.
Samira Khalil, cuya liberación siguen reclamando su marido y sus compañeros, es una de las víctimas de este politicidio. Sobre su vida y su militancia comunista no añadiré nada a lo que cuenta el propio Yassin, con amor sereno y dolorido, en la introducción general y en el encabezamiento de los capítulos, donde se relatan también los motivos de su estancia en Al-Ghuta oriental, asediada y bombardeada por las fuerzas del régimen, en el verano-otoño de 2013. Me gustaría más bien llamar la atención sobre la importancia objetiva de su testimonio, inseparable de la calidad —digamos— «literaria» de sus observaciones, pequeñas, cotidianas, a menudo curvadas de ternura, siempre breves y sintéticas como un fogonazo: el precio del pan, los bocadillos de falafel con hojas de repollo, los dibujos de los niños obsesionados con la comida, la felicidad de que la lluvia impida a los aviones los bombardeos, el olor de la coliflor que cubre el de la pólvora, su nostalgia de Yassin y de sus amigos. Samira describe, claro, los efectos del asedio y la destrucción de los misiles y también denuncia la presencia islamista y el abandono internacional («que el mundo nos explique cómo fueron sus revoluciones, que el mundo desarrollado nos explique si un presidente puede poner fin a una protesta con balas, proyectiles o bombardeos aéreos» o «traicionasteis al ser humano y la humanidad el día en que os mantuvisteis en silencio ante el asesinato diario»). Denuncia, asimismo, a la izquierda que ha abandonado a «la clase oprimida», la única que queda en Siria: «el comunismo ha muerto, y los trabajadores del mundo no se han unido, ni los líderes han pensado en ellos. Se ha ejecutado a sí mismo cuando su clase fue destruida ante sus ojos».
Pero si el diario de Samira duele no es por eso. Hace muchos años, tras la invasión estadounidense de Iraq y ante la foto de un hombretón que lloraba a lágrima viva, escribí que sabemos cuándo ha ocurrido algo verdaderamente terrible en este mundo porque los hombres de pronto rompen a llorar, y las mujeres, en cambio, dejan de llorar. No son las descripciones —ni los inútiles vídeos de matanzas en la red— las que sacuden el alma y revelan el abismo de una situación. Son las comparaciones. En el libro de Samira hay dos desgarradoras, monstruosas, insoportables para cualquier humano decente. Una es su nostalgia de los cuatro años de cárcel en Duma, donde la autora, por comparación, fue casi feliz. La otra, aún más terrible, es la comparación que establecen las madres, que ya no lloran, entre la destrucción de las bombas y la de las armas químicas que en agosto de 2013 habían matado a 1200 personas en pocos minutos: «queremos armas químicas y las queremos ahora. (…) Con las armas químicas se entierran los cuerpos completos. Los proyectiles diarios desmiembran los cuerpos y dejan a su paso muchos impedidos, que pierden una pierna, una mano o un ojo». Cuando una madre ya no aspira a no enterrar el cuerpo de su niño sino sencillamente a enterrarlo «completo», es que se ha perdido toda esperanza de regresar a la humanidad.
Samira es, a menudo y a su pesar, literaria, pero no hace «literatura». Lo que cuenta estaba realmente pasando en Duma; sigue pasando, a escala ampliada, en Alepo y en toda Siria. Pero nuestro dolor al leer estos testimonios es proporcional al amor contra corriente que contienen: «la patria es tu gente, tu amado, tu casa, tus vecinos, tu barrio, tu ciudad, tus calles». Ahora bien, ocurre que las casas y las ciudades han sido destruidas y la gente ha desaparecido. Entonces, ¿por qué Samira no se fue? ¿Por qué no te fuiste, Samira? ¿No has pensado en marcharte?, le preguntan. Es que, en realidad, dice Samira, «ya me he ido»: «salí del país cuando salí de mi casa, cuando salió mi compañero de vida, cuando mis amigos y vecinos se marcharon. Salí cuando vi cómo la gente moría y cómo los vivos ven morir a sus hijos, cuando de debajo de las casas con las que habían soñado, que tras un cuarto de siglo tal vez no habían terminado de pagar, salieron sus almas». Si, en todo caso, una vez ida, Samira sigue estando ahí es porque no ha perdido la esperanza. Impresiona el amor concreto de esta mujer valiente e impresiona también —en medio de las ruinas— su fe en la victoria de la revolución, ensalzada de esta manera ingenua y apasionada: «esta es una revolución que un día será como el Cantar de los Cantares para el mundo. Se trata de una revolución mucho más importante que todas las revoluciones del mundo. Un día será como el Cantar de los Cantares». Es difícil leer estos acaloramientos de enamorada y no sucumbir al mismo tiempo a la belleza, la admiración, la aflicción y la rabia.


Siria es un apagón general. Leer las anotaciones de Samira Khalil y luego salir al mundo es seguir leyendo las anotaciones de Samira Khalil. Tres años después, leídas desde Siria, sus palabras se nos clavan como puñales: no solo no la hemos ayudado —ella, Samira, la patria de todos los decentes— sino que la hemos ignorado, silenciado, despreciado y hasta insultado. Podemos consolarnos pensando que al final los malvados pagarán sus crímenes, los equivocados reconocerán sus errores y la historia hará justicia. No me engaño. Eso sería una excepción. No ha ocurrido nunca o casi nunca. Lo sabemos bien los españoles que, ochenta años después de la guerra civil, cuarenta años después de la muerte de Franco, no conseguimos desenterrar de las cunetas a nuestros abuelos y a duras penas cambiar los nombres de las calles. No me hago ilusiones respecto de la historia. Me conformaría con que los lectores de este libro sencillo, hermoso y atroz no olvidasen que, mientras nosotros nos lamentamos del crecimiento del fascismo en Europa, en Siria se lucha realmente contra él; y que, por hacerlo precisamente allí, donde es más duro, más destructivo y más real que entre nosotros, sus víctimas y sus héroes no han merecido ningún minuto de silencio, ningún homenaje, ningún respeto. Si este libro sirviera al menos para que los cinco dedos de la mano pensaran en Siria y en su truncada revolución con humildad, dolor y admiración, y con un poco de agradecimiento y de emoción en Samira Khalil y en los miles que, como ella, han sacrificado sus vidas, sus casas y sus amores, ya habríamos avanzado un paso hacia la dignidad (y hecho retroceder un paso la tiranía global). «Quien todavía hoy», nos interpela Samira Khalil, «no se ha posicionado contra la injusticia, la opresión y la destrucción, no lo hará en su vida». «Hoy» es todos los días: aún estamos a tiempo.

DIVÁN DE POETISAS ÁRABES CONTEMPORÁNEAS

DIVÁN DE POETISAS ÁRABES CONTEMPORÁNEAS - ed. oriente y mediterráneo

Este libro, Diván de poetisas árabes contemporáneas, pretende poner de manifiesto la importancia de una trayectoria poética que comenzó a mediados del siglo veinte, a través de diez poetas: Fadwa Tuqán, Názik Al-Malaika, Lamía Abbás Amara, Saniya Saleh, Suad Al-Sabah, Fawzía Abú Jáled, Ámal Yarrah, Huda Ali Iblán, Widad Benmusa y Suzanne Alaywan.

Siguiendo un orden cronológico, comienza la antología con las poetas que pusieron en marcha el movimiento poético femenino y que, al mismo tiempo, introdujeron cambios en la tradición poética a partir de los años cincuenta,: Názik Al-Malaika y Fadwa Tuqán. Los años sesenta significaron la entrada de la modernidad poética a través de la revista Sh’ir y me decanté por Saniya Saleh y su contemporánea Ámal Yarrah. El tema de la libertad de la mujer y su papel en la sociedad árabe se expresó en los años setenta y ochenta a través de tres poetas: Lamía Abbás Amara, Suad Al-Sabah y Fawzía Abú Jáled. Y para terminar con los años noventa del pasado siglo, he querido reflejar el mapa poético de todo el mundo árabe, eligiendo de los países orientales, a la libanesa Suzanne Alaywan; de los occidentales, a la marroquí Widad Benmusa y de los países del Golfo, a la yemení Huda Iblán.

 

Ficha técnica:

Título: Diván de poetisas árabes contemporáneas

Presentación de Adonis

 Edición y traducción del árabe: Jaafar Al Aluni

 Colección: «poesía», 38

Nº páginas: 256

Formato: 21 x 12,5

ISBN: 978-84-943932-9-7

PVP: 17 euros

IBIC DCQ Antologíaspoéticas

BISAC POE001000 Poetry/Anthologies

PRÓXIMAS PRESENTACIONES:

AUDITORIO DE CASA ÁRABE C/Alcalá, 62; Madrid: 16 de noviembre de 2016 19.00

RESEÑAS

 Adonis: La mujer árabe, entre religión y poesía

Javier Rodríguez Marcos: El canon se mueve

Iñaki Urdanibia: Mujeres árabes,la toma del verso

ENTREVISTAS

El mundo desde las Casas se hace eco de Diván de poetisas árabes contemporáneas