Farideh Lashai, Llegó el chacal

Farideh Lashai, Llegó el chacal - ed. oriente y mediterráneo
Ficha técnica
autora: Farideh Lashai
título: Llegó el chacal
ilustraciones: Farideh Lashai
Prólogo de Ana Martínez de Aguilar
Traducción del persa: Maryam Esmailpour
Colección: transversales, 7
Nº páginas: 176
Formato: 21 x 21 cm
ISBN: 978-84-946564-3-9
PVP: 20 euros
IBIC BGLA Autobiografía literaria
BISAC BIO001000-BIOGRAPHY&AUTOBIOGRAPHY/ARTISTS

 

Estambul es hermosa. Repleta de productos de lujo. Todos intentan vestirse según las revistas de moda occidental, algo que llevo años sin ver por las calles. Parecen los provincianos de Europa. Existe cierta simplicidad en sus rostros. Con eso y con todo, son amables. Una nación oriental, unida por el cordón umbilical a Europa. Los periódicos y las carteleras de los cines están llenos de imágenes de mujeres desnudas. [...]

Cruzo el mar en barco para llegar al aeropuerto. Quiero preguntar algunas cosas sobre el envío de mis pertenencias a ee.uu. Como siempre, tiempo desapacible y frío.
Este mar no me dice nada. No tiene un olor conocido. Como esta gente, como esta lengua, como estas miradas. Me hacía ilusiones en vano considerándolos asiáticos. Su Asia es menor. Me es ajena. Me resultan tan ajenos como aquellos siglos lejanos. Con sus enloquecidas invasiones a lo largo y ancho de la Tierra.
Domingo. Cinco y media de la tarde.
En un parque en Estambul. Mi hija juega con Renate, que está pendiente de ella. Y yo las observo fascinada.
Ojalá se pudiesen dibujar sus rostros felices sobre el reluciente balancín. Y ese enorme árbol tras ellas, este aroma a tierra mojada y mar, ¡qué momento más extraño! Ya no hay rastro de lo desconocido. Es como si lo conociera todo. Más allá de este instante no hay nada que me cause miedo. De sobra sé que todos somos efímeros. [...]

¿Por qué lo que acaece dentro de mí no se desborda con la misma facilidad que los colores de mis cuadros? Paso horas y horas, como sumergida en un agua profunda e inerte. El agua de un mar inalterable por el viento. Somos mis agitaciones y yo que nos sumergimos en el agua. [...]

Pero, ahora, me he acostumbrado a este árbol del polvoriento Fresno. Vengo aquí y me siento seis largas horas a su sombra, sin perder de vista a mi hija, que bajo este tremendo calor se revuelca sobre la arena del recinto de juego de este parque yermo. Mientras juega, no le importan ni el calor ni estas plantas que en nada se parecen al lejano prado verde de la casa de Mashd Robabeh. Y yo sigo con mi sonrisa forzada en los labios. Por las noches, cuando se quiere dormir, con una voz que en la oscuridad representa la felicidad Made in America, le canto:

Llegó el chacal;

Llegó el chacal;

llegaron también los padres del chacal;

llegó a la puerta el chacal;

Con un pañuelo bordado, en la cabeza;

El chacal dice: "soy una ratoncita"

y no me comeré a vuestras pollitas.

 

Estalló de repente un incendio en aquellas remotas montañas y lo cubrió todo, hasta las florecillas del desierto, dispersas y maliciosas. Había flores de todos los colores. Súbitamente, toda la llanura se tiñó de azul celeste y dos semanas después de amarillo sol, después fue el turno del rojo de los ciclamores y finalmente despuntaron las mejoranas cubriéndolo todo. Se apoderaban de todo el espacio. Te acostabas con este aroma y con él te despertabas, te acompañaba a lo largo del camino y te seguía hasta llegar a la ciudad. Y tu cuerpo seguía oliendo a mejorana durante días. Cuando mirabas hacia abajo, todo el valle estaba cubierto de mejoranas. Tallos finos y jugosos erguidos bajo el cielo, con tanta alegría y orgullo, como si el mundo entero fuese su indiscutible territorio. Y así era. El valle entero les pertenecía.

(fragmentos de Llegó el chacal, de la pintora y artista visual iraní Farideh Lashai, traducidos del persa por Maryam Esmailpour)

 

 

El Prado se une a PHE con una obra de Farideh Lashai

La pieza es una revisión de los Desastres de la guerra de Goya

 

El Museo del Prado presenta, dentro del ciclo “La obra invitada” y como parte de la programación de PHotoEspaña 2017, la videoinstalación Cuando cuento, estás solo tú… pero cuando miro hay solo una sombra, una pieza de la artista iraní Farideh Lashai (Rasht, 1944 – Teherán, 2013),  inspirada en los Desastres de la guerra de Goya. Farideh se apropia de los Desastres y los manipula para renovar y actualizar su mensaje, incorporando su propia experiencia de la barbarie, el dolor y la indiferencia.

Se trata de una obra sencilla en su apariencia pero técnicamente muy compleja, que ha implicado a varios departamentos dentro del Museo más allá del de Exposiciones, principalmente a los de Dibujos y Estampas y Restauración de papel. Farideh parte de las estampas de Goya pero vacía las escenas de figuras a través de un escaneado y llama nuestra atención sobre esos fondos vacíos, que ahora podrían pertenecer a cualquier época y situación; luego reelabora las estampas de esta icónica serie para mostrarlas acompañadas por las imágenes que han sido previamente animadas y que ahora se proyectan con un foco de luz en movimiento; como un balón que al rebotar sobre la pared adquiere diferentes ritmos en una coreografía ideada por Lashai que va iluminando los distintos episodios y que nos trae a la mente ese farol con el que Goya iluminó la escena de los fusilamientos del 3 de mayo. El lirismo y la poética de ese movimiento azaroso que va descubriéndonos la obra se acentúa con el acompañamiento de la música de Chopin.

Farideh Lashai es una de las artistas iraníes contemporáneas más relevantes. Procedente de una familia acomodada, tras pasar su infancia en Teherán, en 1962 se trasladó a Alemania para comenzar allí una carrera artística que no abandonaría nunca. Estudia literatura, cine, teatro y conoce a pintores que le introducen en el ambiente artístico, exponiendo en numerosos países. Por su relación con círculos intelectuales de carácter revolucionario, en Teherán fue encarcelada en la prisión de Qasr entre 1974 y 1976. Fue testigo de la revolución de 1979, de la guerra Irán-Irak (1980-1988) y de los levantamientos conocidos como la primavera Árabe (2011), sintiendo enorme preocupación por las consecuencias que acarrearía a las poblaciones. Todos estos acontecimientos, unidos a su profundo sentido de la justicia y el repudio de la violencia, marcaron su mirada y aumentaron su admiración por Goya, cuyas obras resonaban en ella como una herramienta para denunciar los horrores contempláremos y alertar de la repetición de esos desastres. La artista, al igual que su admirado pintor, fue permeable a las ideas de su época a través de su amistad con artistas e intelectuales de su tiempo; en ambos la influencia del teatro fue decisiva y avanzada la vida padecieron enfermedades que suscitaron en ellos una gran introspección.

Cuando cuento, estás solo tú… pero cuando miro hay solo una sombra (detalle)

Cuando cuento, estás solo tú… pero cuando miro hay solo una sombra podrá verse hasta septiembre en la sala 66 del Museo, junto a algunas de las estampas de Goya que la inspiraron, entre las Pinturas Negras y El 3 de mayo, en un diálogo que muestra la vigencia y la actualidad del mensaje de Goya dos siglos después. Además, para situar el trabajo de Lashai en su contexto histórico-artístico y analizar su presencia en el Museo, los martes a las 11:30 y a las 16:30 horas se ofrecerán breves explicaciones junto a la obra.

Esta videoinstalación además de poner de manifiesto el interés de la pinacoteca por introducir y exhibir en sus salas obras de artistas contemporáneos que pueden ser entendidas como una aproximación a las colecciones del museo, también manifiesta su interés por hacer más visible el trabajo de las mujeres artistas, siguiendo con la iniciativa que empezó el año pasado con Clara Peeters. “La obra invitada” es un proyecto patrocinado por la Fundación de Amigos del Museo del Prado, que también ha financiado la publicación Llegó el chacal, una autobiografía de Farideh cuya traducción ha sido realizada directamente del farsi por Maryam Esmailpour.

(artículo completo en masdearte.com)

 

 

El Prado confronta el último trabajo de la iraní Farideh Lashai con Goya

 

La instalación está basada en 'Los desastres de la guerra'

 

Ángeles García / El País / Madrid 30 MAY 2017 - 20:42 CEST

 

Por más que el tiempo pase, la serie de 82 grabados de Los desastres de la Guerra, de Goya, sigue siendo una de las obras más inspiradoras. Pocos meses antes de morir, la artista iraní Farideh Lashai (Rasht 1944-Teherán 2013) ideó una instalación titulada con unos versos de T.S. Eliot, Cuando cuento estás solo tú….pero cuando miro hay solo una sombra, y constituye una de las últimas interpretaciones del genio español. Propiedad del British Museum, la obra se expone ahora en el Prado (hasta el 10 de septiembre) con una selección de la serie de Goya y junto a las salas que alojan las pinturas negras y Los fusilamientos del 3 de mayo.

La exposición forma parte del programa de PHotoEspaña y ha sido realizada en colaboración con la Fundación de Amigos del Museo del Prado dentro del espacio La Obra Invitada, en el que se confrontan obras maestras del museo con préstamos de otras pinacotecas.

La instalación de Farideh Lashai ocupa toda una pared de la sala 66. Ana Martínez de Aguilar, comisaría de la exposición explica que la artista fotografió cada una de las estampas de Los desastres de la Guerra  y que después suprimió los fondos que acompañan a las figuras en el original. En un segundo paso, elimina también los personajes y los reelabora con tecnología digital. Con la ayuda de la oscuridad y la proyección de un foco que va iluminando cada una de las estampas, las figuras adquieren una nueva animación sin perder nada del discurso original. La luz se mueve al ritmo de un Nocturno de Chopin.

La comisaria llama la atención sobre las muchas similitudes entre la vida de Francisco de Goya y de Farideh Lashai pese a los más de dos siglos de diferencia que les separan. “Los dos comparten el mismo desencanto ante el mundo de los intelectuales que les rodea, ambos han sufrido en primera persona el horror de la guerra y arrastrado al final de sus vidas el dolor y el aislamiento que produce la enfermedad. Para ellos, el arte es la mejor manera de enfrentarse a sus demonios interiores y lo hacen con una formidable furia creativa”.

Venetia Porter, conservadora del British Museum, cuenta que adquirieron la obra en 2014, un año después del fallecimiento de la artista. “Vi la pieza en una feria en Dubái y al momento supe que teníamos que comprarla. Tenemos un departamento especializado en Oriente Medio, con más de 300 obras y la pieza de Lashai, una de las artistas más imponentes en la región, pasó a engrosar nuestros fondos sin que nadie objetara nada”.

Miguel Falomir, director del Prado explicó que esta presencia del arte contemporáneo en el museo prosigue con iniciativas anteriores en las que obras recientes se comparan con las de antiguos maestros y añadió que se avanza también en la presencia de mujeres artistas, después de la exposición dedicada a la pintora flamenca Clara Peeters.

Farideh Lashai es una artista ampliamente representada en museos y colecciones de arte contemporáneo en todo el mundo. Poeta y pintora en origen, nació en una familia acomodada en la ciudad de Rasht. En 1962 se trasladó a Múnich para estudiar cine, literatura y teatro. Con Bertolt Brecht como ídolo intelectual, a partir de los setenta se vinculó con grupos intelectuales revolucionarios tanto en Alemania como en Irán. Encarcelada en la prisión de Qasr entre1974 y 1976, fue testigo de la revolución de 1979, de la guerra Irán- Irak (1980-1988). Se exilió en Estados Unidos entre 1981 y 1984 y volvió a Teherán donde vivió el bombardeo de la ciudad en1986. En 2011 seguirá desde el hospital los levantamientos de la primavera Árabe, con enorme preocupación por las consecuencias que podían acarrear a los más desfavorecidos. Un fuerte depresión la afectó en 1989, el mismo año en que le diagnosticaron el cáncer que acabó con su vida en 2013.

 (artículo completo en elpais.com)

 

Llegó el chacal, la autobiografía de la artista iraní Farideh Lashai, en el Museo del Prado

Revista de Arte / Logopress 16 de julio de 2017

 

Ha sido editada como complemento a la exposición de la artista dentro del programa “La obra invitada”, Cuando cuento estás solo tú… pero cuando miro hay solo una sombra.

La Fundación Amigos del Museo del Prado, patrocinadora de este programa desde 2010, también ha apoyado la traducción del farsi al español de esta sugerente y evocadora autobiografía. Llegó el chacal ve la luz gracias a Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

La lectura de la autobiografía de Farideh, permite al lector ahondar en los rasgos que configuran la personalidad de esta artista de naturaleza compleja y exquisito lirismo, así como adentrarse en la cultura persa y las relaciones con la cultura occidental.

Intervinieron en el acto Karina Marotta, coordinadora General de Conservación del Museo del Prado; Ana Martínez de Aguilar, comisaria de “La obra invitada”; Roberto Toscano, ex embajador de Italia en Irán y escritor, y Shirin Salehi, artista y escritora, nacida en Irán y residente en nuestro país. Como colofón al acto, se proyectó un fragmento de la película Dos días en la vida de Farideh Lashai, de Kambiz Safari Khoozani.

Karina Marotta abrió el acto dando la bienvenida a todos los asistentes y agradeció su implicación a todos los participantes en este proyecto editorial. Del mismo modo, destacó la pertinencia del mismo dado que aporta una mejor comprensión de la obra de Farideh que se exhibe actualmente en el Museo. Ana Martínez de Aguilar, tras una breve presentación de los hechos que marcaron la vida de la artista iraní, destacó su autobiografía como un testimonio excepcional de la historia del siglo XX en Irán vista desde la perspectiva de tres generaciones de mujeres: la correspondiente a su abuela, la de su madre y la suya propia. Una mirada matrilineal en un mundo patriarcal. Con una prosa que fluye, vida, costumbres, ritos, cambios sociales, acontecimientos políticos o paisajes se superponen sin orden narrativo aparente, pero unidos por afinidades
subyacentes, como en las evocaciones de la memoria o la consciencia.

La experiencia vital de Farideh, nos muestra las conexiones de la cultura persa arraigada en el pueblo iraní, con la cultura en Europa y los acontecimientos en el mundo; el placer frente al dolor; el terrible sufrimiento del pueblo iraní y la fortaleza de su cultura. Una biografía intelectual, artística y personal. En ella aflora la evolución de su pensamiento, sus sentimientos y sensaciones ante acontecimientos, su quehacer artístico, la literatura y la nostalgia de un paraíso perdido. Pero sobre todo su independencia, franqueza y su profunda implicación con todo aquello que afecta a la dignidad humana, la justicia, la defensa de la libertad, la compasión ante el sufrimiento y las preguntas ante un destino que no comprende. Por último, subrayó la influencia de la forma de narrar de Llegó el chacal en la creación de sus videoinstalaciones.

Roberto Toscano apuntó que esta autobiografía es una obra que como pocas confirma lo que significa ser artista: mirar la realidad con un ojo original, representarla e interpretarla con una voz propia, y al mismo tiempo expresar aquello que va más allá de la experiencia individual. Farideh Lashai crea en su obra, pictórica y literaria, un diálogo interrumpido entre tradición y modernidad, entre pasado y presente. Toscano señaló que leer este libro es ser invitado a entrar no solamente en una vida excepcional por su riqueza humana e intelectual, sino en un país extraordinario en su fascinante complejidad.

Shirin Salehi presentó su intervención con la lectura poética de un texto escrito a propósito de la presentación de Llegó el chacal. Una conversación desde el pensamiento artístico con la obra de Farideh Lashai en diálogo a su vez con Francisco de Goya. Una exposición de reflexiones en torno a los lenguajes del arte y la poesía como lugares de búsqueda de luz y de verdad en tiempos de revoluciones y guerras. La ponente presentó con la lectura un diálogo con la mirada poética de Lashai desde las tensiones que acompañan la dualidad inherente a la sociedad iraní –un mundo que envuelve a la vez que aprisiona– desde un enfoque de humanismo crítico, introduciendo en este escenario a Goya como interlocutor imprescindible.

El acto finalizó con la proyección de un fragmento correspondiente a un largo documental sobre Farideh Lashai en el que actualmente trabaja Kambiz Safari. Muestra un breve corte rodado durante los dos días que Kambiz pasó con ella mientras trabajaba, al tiempo que recibía tratamiento contra el cáncer: un día en Milán y otro en Teherán. Son momentos emocionantes del último año de su vida, que traslucen su energía y sentido del humor, a pesar de las condiciones en que se encontraba.

Kambiz Safari Khoozani colaboró con Farideh durante los diez últimos años de su vida y realizó toda la obra de videoarte y animación de Lashai de 2007 a 2013. Es director de cine, productor y editor de películas y documentales. Cofundador y co-director de “Studio2”, una firma de post-producción para doce directores de documentales iraníes independientes. La traducción directa del farsi ha sido realizada por Maryam Ismailpour. Es traductora bilingüe de farsi-castellano y profesora de ambas lenguas en universidades en Madrid y Teherán.

(artículo completo en revistadearte)

 

 

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Reproducimos a continuación el texto leído por Shirin Salehi en el acto de presentación de Llegó el chacal, el 12 de julio de 2017 en el Auditorio del Museo del Prado, reproducido posteriormente en fronterad: http://www.fronterad.com/?q=16247

Hermanos que se devoran ‘y aquella pequeña acacia blanca del patio’. En torno a Farideh Lashai y Goya

 

Nota para el lector

 

Las palabras que encontrarás a continuación fueron escritas a propósito de mi intervención el pasado 12 de julio en el Museo Nacional del Prado durante la presentación de Llegó el chacal, la autobiografía de Farideh Lashai, artista cuyo trabajo se presentó el pasado mes de mayo como obra invitada en un proyecto patrocinado por la Fundación Amigos del Museo del Prado y comisariado por Ana Martínez de Aguilar. Este escrito recoge una conversación desde mi pensamiento artístico con la mirada poética de Farideh Lashai en diálogo a su vez con Francisco de Goya.

 

 

Las palabras que encontrarás a continuación fueron escritas para ser leídas lentamente en sottovoce.

 

 

 

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Hermanos que se devoran

y aquella pequeña acacia blanca del patio

 

En el discurrir de tiempos sombríos, desdichados encuentros de la discordia y el desprecio, en tiempos de apocalipsis, en tiempos de la sinrazón de la guerra, cuando todas las banderas, una tras otra, van cayendo, yo desearía preguntar: ¿a qué aferrarse? ¿Sería una gran osadía pensar que solo nos queda la poesía? Aquella poesía que trasciende los tiempos y las fronteras: tenaz búsqueda de luz, de belleza y de verdad en uno mismo. Cuando las ideologías se extienden hacia los extremos de la sinrazón, cuando las ideologías se convierten en nuestras jaulas de oro, ¿sería una osadía buscar luz en el arte?

 

La obra de Farideh nos habla de historias de décadas de puertas atrancadas. Historias de hermanos que se devoran, con razón o sin ella, como reclama Francisco de Goya súbitamente tras el desaliento de Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer, el pórtico de los Desastres de la guerra. ¡Cuán presto llegó el terror! ¡Qué tristes presentimientos! El artista observa con profunda tristeza nuestras historias de puertas atrancadas y hermanos en duelo de garrotazos. Hermanos en duelo. Hermanos. En este escenario de desolación, yo desearía preguntar: ¿a qué aferrarse?

 

Entre finales del siglo X y comienzos del XI escribe el poeta persa Ferdosi las historias de Shahnameh, el libro de los reyes. En días del exilio en Estados Unidos Farideh cuenta a su pequeña hija los cuentos de Rostam, el aguerrido héroe del libro de Ferdosi. “¿Quién mató a Rostam?”, ­pregunta la hija de Farideh. ¿Fueron las fieras o los leones? ¿Alguna criatura demoníaca con rostro de hada? “No, hija mía” –responde Farideh (…)– “Lo mató su hermano.”

 

A la sombra de las Luces. Me encuentro con las palabras de Tzvetan Tódorov en mis manos. “¿Para qué convocar al diablo cuando los hombres actúan de manera diabólica?”. En los Desastres de la guerra sostiene que Goya ya no necesitará recurrir a seres endemoniados, a dibujar aquel mundo de brujos para representar las profundidades de los delirios del ser humano. Hace ya tiempo que los hombres se convirtieron en demonios. El artista observa con profunda tristeza. ¿Qué otra cosa podía Goya hacer que crear los Desastres?

 

 

*     *     *

 

Son noches de explosiones en Teherán. Corazones atemorizados. Sirenas y sótanos. Recuerdo las sirenas y nuestro sótano. 1985. Últimos días del invierno. Nuestras madres nos han contado. La mía me cuenta aún, como Farideh cuenta en su texto. Bombardeos nocturnos. Se encuentran en un jardín entre árboles centenarios. Recitan poesía. Versos de los poetas místicos de la tierra de Irán, Hafez, Rumi, Saadi y Ferdosi, nuestro amado Ferdosi. Es ésta la profunda relación del pueblo iraní con sus poetas.

 

Bombardeos y recitales.

 

En aquellas noches mi madre dio a luz bajo explosiones a la menor de las hermanas. El hospital en penumbra y largos tiempos aguardando. Nuestras madres se aferraron a la luz. Una, Farideh, en busca de luz recitando versos en repetición cual oraciones, otra dando a luz en toda su dimensión física y existencial.

 

Ella me contaba historias de gentes del sur que abandonaron sus tierras para caminar hasta la capital. Descalzas, recordaré la voz de mi madre mientras viva. Pero ahora es nuestro turno. El cielo de Teherán se cubre del color de azabache. Han muerto un centenar de niños celebrando un cumpleaños, me contaste. Su voz aún temblorosa por la tristeza me recuerda la muerte en aquellos años. Bombardeos y recitales. Bombardeos y nuevas vidas. ¿Cómo no buscar luz en tiempos entenebrecidos?

 

Bertolt Brecht riega aquella pequeña acacia blanca del patio todos los días. Y Farideh, ¿qué escribe Farideh?

 

Sus palabras están escritas en una lengua donde la delicadeza y la profundidad se encuentran generando belleza con silencios, ritmos y pesos de centurias. Su prosa poética es una apenada danza entre historias de fusilamientos y jardines de naranjos, entre las visitas de su amiga Lili a la cárcel donde ella se encuentra y el sonido del paso del agua por callejuelas donde aguardan solitarios sauces enajenados. La poética de Farideh Lashai proviene sin lugar a duda de su ser iraní, de una mirada desdoblada inherente a una cultura rebosante de fábulas y leyendas mitológicas, de una pasión por el lenguaje y por la oralidad, de la tierra de las acequias, de los cipreses, los jardines de lilas y granados, y de la eterna sombra de nuestros aduaneros.

 

Farideh se abraza a Brecht. En él encuentra dos compañeros de pensamiento: duda e incertidumbre ante ideologías absolutistas de compañeros y parientes. Farideh no aboga por heroísmos, aquí no hay medallas, solo la dignidad que otorga a cada una de las mujeres y hombres que ocupan los espacios de su vida y de sus recuerdos. Al igual que Francisco de Goya no crea un espectáculo heroico de los horrores inmundos que conoce de primera mano.

 

¿Cuál es la voz del artista en tiempos de oscuridad? Yo desearía separarla de la del activista y del político, como hace Todorov con Goya: “El artista por una parte es un ciudadano como los demás, y sus actos se juzgarán en función de las leyes y normas de su tiempo, pero por otra parte está comprometido en una búsqueda cuyo objetivo último es una verdad intemporal y cuyos resultados se dirigen ya no a sus compatriotas sino a la humanidad”. 

 

La obra de Farideh que se expone en el Museo del Prado es terrorífica en toda su dimensión humana, sobrecogedora, empero, por su belleza y poesía. La fragmentación a la que Farideh Lashai somete la obra de Francisco de Goya se dirige a nosotros. ¡Volved la cara!¡Abrid los ojos! Ora con otras cadencias, quizás al ritmo de los versos de los sabios poetas de la tierra iraní, Farideh nos reclama mirar –y no de soslayo– las aterradoras imágenes que dibujó Goya. Imágenes que nos recuerdan los estragos de nuestra memoria y sin ir lejos, de nuestro Hoy.

 

Cuando cuento estás solo tú… pero cuando miro hay solo una sombra. Veo una luz errante y las estampas de los Desastres. ¡Son instantes terroríficos! Aquellos instantes de verdad de Hannah Arendt. Instantes arrebatados del horror para nuestra memoria. Hermanos sin rostro, hermanos devorándose con furor. Yermos paisajes preñados de terror. Árboles aguzados, árboles patíbulo. Estampa a estampa, leyenda a leyenda, muy atentamente sigo a Francisco de Goya: No se puede saber por qué, Esto es peor, ¿Qué hay que hacer más? ¿Porqué? La luz errante de Farideh avanza sobre las estampas. Él nos habla, le sigo, nuevamente, estampa a estampa, leyenda a leyenda: ¿Qué alboroto es éste? Yo lo vi, y esto también...

 

La voz del artista es otra que la del político. ¡Es otra la voz del poeta!

¡Volved la cara! ¡Abrid los ojos!

 

 

*     *     *

 

La luz errante de Farideh y tras ella el punzante silencio del terror o en nuestro caso, por fortuna, la reflexión. Y con ella me voy a equipar de una lámpara, de la luz de un fanal, para finalizar estas reflexiones compartidas. De ahí que retorno al inicio: En tiempos sombríos: ¿Sería una osadía buscar luz en la poesía? En tiempos sombríos: ¿Sería una osadía buscar luz desde el arte? Farideh Lashai y Francisco de Goya, sin duda, habitaron así nuestra tierra con su tenaz búsqueda de luz y de verdad desde los abismos del ser humano.

 

Y para terminar rescataré del texto de Farideh un poema de Ferdosi donde Rudabeh, la madre del héroe Rostam, nos canta:

 

ندانند اهريمنانند پسر

كه بي داد را باد آرد خبر

نهم مجمری بر رف شامگاه

شكافم دل تيره گی را به راه

خراشم به ناخن تن خاك سرد

بر آرم از اين گنج ديرينه گرد

برون آورم پوره ی پاك را

پراكنده سازم به كس خاك را

 

Son demonios y no lo saben, hijo mío,

El viento la noticia de la injusticia traerá

Un incensario en el nicho de la tarde colocaré

El corazón de las tinieblas agrietaré

Con mis uñas el cuerpo frío de la tierra desgarraré

De este antiguo tesoro el polvo limpiaré

A mi hijo del corazón de la tierra sacaré

 

 

 

 

Shirin Salehi (Teherán, Irán, 1982) reside y trabaja en España desde 1999. Artista visual, investigadora y docente, ha recibido premios de residencia artística por la Casa de Velázquez (Académie de France à Madrid), Il Bisonte Fondazione (Florencia) y la Fundação Bienal de Cerveira (Portugal) y de formación por la Fundació Pilar i Joan Miró (Mallorca) y por el Centro Internacional de la Estampa Contemporánea (La Coruña). Su trabajo ha recibido, entre otros reconocimientos, el primer premio al libro de artista de la Fundación Ankaria (Madrid, 2015), el premio especial Combat Prize (Livorno, Italia, 2015), y recientemente el segundo premio en el Premio Internacional de Arte Gráfico Carmen Arozena (Madrid, 2017). Ha participado en exposiciones en galerías, ferias e instituciones públicas y privadas en Europa desde 2009. Máster en Investigación en Arte y Creación por la facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense, a su término publicó (velado): manifiesto de una artista en tiempos de ruido (2016).

 

EL CAPARAZÓN, de MUSTAFA KHALIFA

EL CAPARAZÓN, de MUSTAFA KHALIFA - ed. oriente y mediterráneo

A Ruzam y Ruham, y a todos los niños y jóvenes del mundo, con el deseo de que tengan una vida mejor que la que hemos vivido nosotros.

A los presos de opinión en todo tiempo y lugar. Ojalá que la publicación de estos testimonios les devuelva una parte de sus derechos violados.

 

Me senté con Suzanne en una cafetería del aeropuerto de Orly en París, mientras esperábamos el despegue del avión que me llevaría a mi país después de seis años de ausencia.

Hasta ese último cuarto de hora, Suzanne no había cejado en sus intentos de convencerme de que me quedara en Francia. No dejó de repetir los mismos argumentos que llevaba meses oyendo, desde que le informé de mi decisión irrevocable de volver a mi país y trabajar allí.

Soy descendiente de una familia árabe cristiana católica, la mitad de cuyos miembros viven en París, lo que me abrió las puertas para estudiar en Francia. Los estudios me resultaron fáciles y se desarrollaron en condiciones muy favorables, dado que dominaba el francés desde antes de ir a París. Obtuve excelentes resultados en mis estudios de dirección de cine y, tras licenciarme, ahí estaba yo, volviendo a mi país y mi ciudad.

Suzanne también pertenece a una familia árabe, pero todos sus miembros habían emigrado a Francia, donde residían. Estuvimos saliendo durante los últimos dos años de universidad, y nos podríamos haber casado con la bendición de ambas familias, si no hubiera sido por mi empeño en regresar a mi país, y su insistencia en quedarse en Francia. En el aeropuerto, puse punto y final a la enésima discusión sobre el tema de la siguiente manera:

-       Suzanne… Amo mi país, mi ciudad. Amo sus calles y esquinas. No se trata de un romanticismo vacío, sino de un sentimiento genuino. Tengo en la memoria las expresiones grabadas en los muros de las casas antiguas de nuestro barrio. Las adoro, las extraño. Eso para empezar. En segundo lugar, quiero ser un director reconocido y tengo muchos proyectos y planes en mi cabeza. Tengo muchas aspiraciones, y en Francia siempre seré un extraño, un refugiado más trabajando entre ellos, alguien a quien, condescendientes, dejarán algunas migajas. No… No quiero. En mi país tengo derechos y nadie tiene la ventaja de estar por encima de mí. Con un poco de esfuerzo, puedo hacerme un nombre. Eso sin olvidar que el país nos necesita a mí y a mis semejantes. Por eso, mi decisión de volver es irrevocable, y todo intento de convencerme de lo contrario es inútil.

Se hizo un silencio que duró varios minutos. Escuchamos la llamada. Había llegado el momento de subir al avión. Nos pusimos de pie y nos bebimos la cerveza que nos quedaba de un solo trago. La miré emocionado y noté que el llanto se asomaba a sus ojos. Se lanzó a mi pecho. La besé rápidamente: no soporto estas situaciones. Le dije:

-       Sé feliz.

-       Tú también. Ten cuidado, por favor, cuídate.

Y subí al avión.

 

Tiempo después me convertiría en un mirón; pero no era un “mironismo” de tipo sexual, aunque tampoco le era ajeno.

La mayor parte de este diario se escribió en la cárcel del desierto, aunque el verbo “escribir” en esta oración no es del todo correcto, pues en la cárcel del desierto no hay bolígrafos ni folios. Esa enorme prisión, que está conformada por siete patios, además del patio cero, treinta y siete barracones y muchos otros nuevos sin numerar, y una serie de habitaciones y celdas francesas (células) en el quinto patio, llegó a albergar entre sus muros a más de diez mil reclusos. En esa cárcel, que acogía un elevado número de licenciados universitarios, los presos no vieron -y eso que algunos estuvieron más de veinte años allí- un solo folio o bolígrafo.

La escritura mental la desarrollaron los islamistas. Uno de ellos memorizó más de diez mil nombres de los presos que entraron en la cárcel del desierto, junto con los nombres de sus familias, ciudades, pueblos, fechas de detención, sentencias y destino.

Comencé  escribir este diario cuando percibí que mi memoria estaba adiestrada ya para funcionar como una cinta de vídeo. Habiendo grabado todo cuanto vi y parte de lo que escuché, sólo faltaba vaciar “parte” del contenido de la grabación.

¿Soy el mismo que era hace treinta años? Sí… Y no. Un sí pequeño y un no grande. Sí, porque vacío y escribo sin faltar a la verdad parte de este diario. Y no, porque no puedo escribir ni contar todo, pues ello exige revelar cosas, y las revelaciones tienen condiciones, relacionadas con la coyuntura objetiva y la otra parte implicada. [...]

 

21 de abril
Abrí los ojos lentamente. El hedor que me rodeaba estuvo a punto de asfixiarme. A mi alrededor había un bosque de pies y piernas. Estaba tirado en el suelo entre la maraña de pies: olor a pies sucios, olor a sangre, olor a heridas supurantes, olor a un suelo que no se había limpiado en mucho tiempo… La respiración pesada de personas obligadas a permanecer en pie, pegadas unas a otras. Según mis estimaciones, seríamos unos 86 hombres. Miré al techo ¡y calculé que no tenía más de 25 metros cuadrados!
La gente hablaba en susurros, lo que generaba un zumbido constante en el ambiente. Quería ponerme de pie para coger algo de aire. Terribles dolores por todo el cuerpo. Traté de incorporarme, soportando el dolor; pero cuando intenté mantenerme en pie grité. Era insoportable.
La gente que estaba a mi alrededor se percató y varias manos se alargaron para sujetarme por las axilas y levantarme. Me puse de pie apoyándome en las manos. El chico que estaba a mi lado me dijo:
—Paciencia, hermano, paciencia. Un mal trago, pero se pasará.
—Quien está con Dios tiene a Dios con él. No desesperes, hermano —añadió otro, en la misma línea.
Con el movimiento, se aliviaron un poco los dolores. Miré a mi alrededor: adultos, jóvenes y también niños de doce o trece años, hombres mayores y ancianos.
Me giré hacia el hombre que había intentado hacerme desistir de mi empeño un poco antes y le pregunté:
—¿Quiénes son esas personas? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué están de pie?
El hombre me miró con desconcierto, sin comprender, como si me dijera: «¿Cómo explicar lo obvio?»
—Tú… ¿No sabes qué está pasando en el país? —contestó.
Estando en Francia había oído las noticias sobre los disturbios, y que un partido llamado los Hermanos Musulmanes había llevado a cabo algunos ataques violentos aquí y allá. Pero no le había dado ninguna importancia a dichas informaciones, las cuales seguían siendo confusas. En cualquier caso, yo desconocía los detalles y, además, nunca había sido aficionado a los informativos ni me atraía el activismo político. Y ello a pesar de que, a partir de secundaria, me había acercado a grupos marxistas cuyas ideas me habían influido, especialmente las de mi tío materno, que al parecer ocupaba una posición de mando importante en el Partido Comunista.
Le contesté:
—De verdad, no lo sé. ¿Qué pasa?
—¿Por qué? ¿No vives aquí?
Quise cortar la retahíla de preguntas y le contesté de una vez a todo lo que quizá me seguiría preguntando:
—No… Vivía en Francia y llegué hoy, hace —miré mi reloj—… solo catorce horas.
—Madre mía, ¿tienes un reloj? Escóndelo, hermano, escóndelo. ¿Ves a toda esta gente? Son los mejores creyentes y defensores del islam en este país. Una prueba, hermano, una prueba: es una prueba de Dios Todopoderoso.
Le interrumpí. No sabía qué estaba haciendo allí. La sensación de que se estaba cometiendo una injusticia conmigo me superaba. Irritado, le respondí, cortante:
—Muy bien… ¿Y yo qué tengo que ver? ¡Soy cristiano, no musulmán! ¡Soy ateo, no creyente!
«Esta es la segunda vez que proclamo que soy ateo. Pura verborrea. La primera me costó una ración de la caña de Ayub, por orden de Abu Ramzat, que mataba musulmanes porque vivíamos en un Estado islámico. La segunda, me costaría largos años de absoluto aislamiento y que me trataran como un insecto, o peor».

(traducción del Árabe de Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz)

 

 

Ficha técnica
autor: Mustafa Khalifa
título: El caparazón. Diario de un mirón en las cárceles de Al-Asad
Traducción del árabe y Postfacio: Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz
Colección: sociedades del oriente y del mediterráneo, 10
Nº páginas: 344
Formato: 21 x 12,5
ISBN: 978-84-946564-2-2
PVP: 18 euros
IBIC BGLA Autobiografía literaria
BISAC BIO010000-BIOGRAPHY&POLITICAL
 
Santiago Alba Rico
La literatura y el mal
en ctxt.es
 

La experiencia de la lectura viene siempre determinada por dos coordenadas, si se quiere, materiales. Una tiene que ver con el texto, que nos llega en diferido, en la distancia de un pasado que, cristalizado y conservado entre las tapas del libro, como en una lata de conservas, dejó de existir hace ya tiempo y nos alcanza por tanto amortiguado, despuntado y vencido: es lo que llamamos “ficción”. La otra coordenada tiene que ver con el cuerpo del lector. La lectura reclama la postura sedente y condiciones más o menos confortables para la concentración; ponerse a leer es, de alguna manera, aburguesarse. Se puede leer también, es verdad, en una trinchera o de pie en un vagón de metro, pero hasta tal punto el libro impone unas reglas ergonómicas de recepción que, apenas abrimos sus páginas, incluso baqueteados en medio de una tormenta, la lectura nos protege tanto de las verdades que contiene el libro como del mundo en que lo leemos. Esta diferencia en el tiempo y esta comodidad en el espacio constituyen la fuente de todos los peligros asociados a la literatura: el de que nos tomemos demasiado en serio lo muy lejano, como Don Quijote, y el de que, al revés, nos tomemos como imposible o increíble lo más cercano.

El primer riesgo es apenas la patologización de la experiencia literaria misma como contrato y compromiso, y como condición, por tanto, de ampliación del mundo y de progreso moral y emocional. El segundo riesgo, al otro lado, está asociado a la resistencia del lector, protegido por el marco de la ficción, a relacionar lo que lee con el mundo en el que vive; y a su insistencia, por tanto, en encerrar la experiencia literaria en el cajón del libro. Don Quijote se creía las novelas de caballería porque estaban en un libro; pero preferimos igualmente no creernos las torturas sufridas por Mustafa Khalifa porque están en un libro.

El propio Mustapha Khalifa, en el prólogo a la edición española, recuerda las dudas que le embargaron a la hora de escribir y publicar la obra. Se temía una de estas dos cosas: que el lector en general, sobre todo el europeo, considerase falso o al menos exagerado su testimonio; y que el lector sirio considerase invencible, y aceptase con resignación, un régimen capaz de someter a sus ciudadanos, de manera arbitraria, a una violencia semejante. Pero, ¿de qué libro estamos hablando? De El caparazón, publicado por Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, en el que el citado Khalifa, hoy exiliado en Francia, novela su experiencia en las cárceles de Hafez Al-Asad, el padre del actual dictador sirio, entre 1981 y 1994. El libro, publicado en 2008, ha sido trágicamente reactualizado por el mundo mismo en los últimos seis años, verificado desde fuera por una realidad que, de pronto, convierte casi en travesuras las atrocidades que el autor vivió en la nefanda prisión de Tadmur, junto a Palmira. Atroz contrapunteo y desbordamiento entre la realidad y la ficción, lo que en 2008 era inalcanzable para la conciencia hoy es inalcanzable para la literatura.

Toda lectura es lectura del pasado; y toda lectura es la lectura que hace un cuerpo a salvo. Son precisamente estas dos coordenadas las que estallan mientras seguimos a Mustapha Khalifa, ingenuo y apolítico, a los báratros de las agencias de seguridad del régimen y al infame campo de exterminio en el desierto. Todo lo que cuenta ahí ha seguido ocurriendo y sigue ocurriendo en Siria mientras lo leemos, y no porque lo estemos leyendo (que es la experiencia contractual rutinaria de la ficción), sino porque Bachar Al-Asad y sus sicarios siguen cometiendo los mismos crímenes. Al mismo tiempo, la escritura sobria de Khalifa, casi clínica, despojada de todo victimismo y toda complacencia literaria, boicotea la comodidad del cuerpo sedente del lector. Incluso cuando leemos de pie una novela, estamos virtualmente sentados. Salvo en este caso, en el que, incluso si estamos sentados, estamos virtualmente de pie y atados y colgados y golpeados.

No es, pues, una lectura cómoda. Como muy bien lo expresan en el posfacio los dos traductores, Ignacio Gutiérrez de Terán y Naomí Ramírez Díaz, El caparazón no es un libro sino una desgracia; y si es necesario escribirlo y leerlo no es porque faltara o hiciera falta en nuestros cánones literarios. La humanidad se lo hubiera ahorrado de muy buena gana si la humanidad se pareciese un poco a lo que, en Siria y en otras partes, ayer y hoy, millones de personas normalmente justas, normalmente democráticas y normalmente decentes reclaman. Lo que no es necesario, lo que no falta ni hace falta son las dictaduras, los campos de concentración, las ejecuciones sumarias, las torturas; en definitiva, el régimen del clan Al-Asad que aplasta Siria desde hace 41 años y contra el que se levantó en 2011 buena parte de su pueblo. Es ese levantamiento, si acaso, el que hace “necesaria” esta lectura, en el sentido de que revela la monstruosa continuidad del régimen sirio y la paladina legitimidad --imperativa legitimidad-- de la revolución derrotada. Ahora que Siria se ha convertido en una “pequeña guerra mundial”, conviene que no olvidemos ni la responsabilidad de la dinastía Al-Asad ni la soledad acusatoria de sus víctimas.

Ahora bien, El caparazón no es sólo un testimonio y una denuncia. Es, mal que le pese a su autor, una “obra literaria”. La crudeza expeditiva de su arranque --con esa facilidad kafkiana del que, mediante un gesto normal, deja de ser dueño de su cuerpo y de su vida-- se remansa luego en la atroz cotidianidad de la prisión. El infierno mismo tiene sus rutinas y, por lo tanto, sus defensas antropológicas. Estos “asideros de humanidad”, a veces torcidos, extravagantes o casi inmateriales, son los que, en la larga tradición de “literatura carcelaria” (de La casa de los muertos a Si esto es un hombre), salvan a los presos de la extinción, como salvan a los lectores de la insoportable realidad del mal. La lucha dentro de la cárcel es la lucha entre los que quieren despojar al preso de toda humanidad y los que, con más o menos conciencia, se agarran a una astilla para reconstruirla en cada minuto a duras penas (el rezo clandestino, la memorización colectiva de los nombres de las víctimas o el establecimiento de una jerarquía solidaria que invierte la de los verdugos). Khalifa, que es cristiano y vive dentro de un doble caparazón en una celda de abrumadora mayoría musulmana, sobrevive gracias a la universalidad moral de algunos compañeros, a un agujerito en la pared y a la amistad apasionada con un inesperado afín cuya intensidad es inseparable de la tragedia que acabará destruyéndola. La cárcel, en definitiva, inversión paralela de la corte (según la caracterización de Dino Baldi), concentra en su más acendrada expresión la máxima inhumanidad y la máxima humanidad. La maldad gratuita y la bondad desinteresada sólo la encontramos allí donde la impunidad choca contra el chasis desnudo de una última resistencia humana sin recompensa. Así como hay un “arte por el arte”, hay también una “humanidad por la humanidad”, por el puro gusto instintivo de seguir siendo humano; y ese instinto es la razón oculta de nuestra supervivencia antropológica. Lo terrible es que se revele sobre todo allí donde está más amenazada. [...]

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